Ay, los derechos fiscales de los territorios. Se pregunta una ante estas posturas por qué los vecinos del barrio de Salamanca o del sevillano de Los Remedios tienen que aportar dinero para financiar colegios públicos a los que no mandan a sus hijas, una sanidad estatal que nada tiene que ver con sus médicos privados o las mejoras urbanísticas y de infraestructuras en zonas deprimidas que jamás pisarán.
Mejor abolamos los sistemas tributarios de los estados modernos, con su estúpida manía redistributiva, y volvamos a la Edad Media, las corporaciones y los señoríos. Entonces sí que vivíamos bien.
[Dicho todo lo cual, y pese a la evidencia de que los derechos de los territorios son una estupidez: no sé si lo son tanto las obligaciones --no de los territorios, sino de sus administraciones y gobernantes, o lo que es lo mismo, de los ciudadanos que los eligen-- de potenciar el desarrollo y la cultura del trabajo en lugar de la subvencionitis. Andalucía sabe bastante, aunque pretenda no darse por enterada, de tales cuestiones.]
miércoles, 16 de julio de 2008
sábado, 5 de julio de 2008
La duda ortográfica
¿Le cuesta recordar el nombre del partido?
Quiero expresarte mi más cordial bienvenida al congreso federal del Partido Socialista... Obrero Español.
¿O es que siguen siendo el partido del proletariado (no internacional)?
Quiero expresarte mi más cordial bienvenida al congreso federal del Partido Socialista, obrero español.
No sé cuál de las dos posibilidades me resulta más divertida.
miércoles, 2 de julio de 2008
Licenciada
Me van a perdonar ustedes la debilidad y el sentimentalismo, pero es que ya soy (extraoficialmente) licenciada. Algo de vértigo da.
Pero hay algo en ese atardecer de domingo que antes no existía, una sensación de premura y despojo que ha ido creciendo a medida que se acercaba el final del curso. Se ha adelgazado la consistencia de las cosas y los colores son ahora más vivos bajo una luz ya de verano, y los olores más intensos, el tiempo discurre con una desconocida liviandad y parecen más breves las clases y los días y hasta las canciones, una moneda en la ranura de la máquina de discos y en menos de tres minutos se acaba la música, y con ella la exaltación de tanta ternura imaginada, la plenitud furiosa de las guitarras y la batería, tantas afirmaciones y huidas y búsquedas demasiado perentorias para que alguien o algo las satisficiera. Y en esa urgencia detenida, en la repetición de caminatas, canciones, exámenes, encuentros fugaces con Marina, días tachados en los calendarios, aprendíamos lentamente y por primera vez que nuestras vidas de siempre estaban a punto de cambiar, y había delante de nosotros fechas definitivas y pasos que ya no tendrían vuelta. Era, aquella tarde de domingo, con las heladerías ya abiertas y las muchachas vestidas de colores claros, con un azul de postal en el cielo de Mágina, sobre las casas de cal blanca y las torres doradas por el sol, el descubrimiento inaudito de que algunas cosas ocurren por última vez: en la semana siguiente habría un último examen en el instituto, y cuando pasara el verano y terminaran los días tibios de la feria de octubre ya no volveríamos nunca más a las aulas. Viviríamos otras vidas en ciudades lejanas, y el tiempo habría perdido su tediosa eternidad circular, la rotación de los cursos, de las cosechas, de los trabajos en el campo, hasta de los paisajes amarillos, ocres, verdes, azulados, que habíamos visto sucederse en el valle del Guadalquivir desde antes de tener memoria o uso de razón. Desde ahora el tiempo era una línea recta que se prolongaba en dirección al porvernir y al vacío (...)
Antonio Muñoz Molina
El jinete polaco
Pero hay algo en ese atardecer de domingo que antes no existía, una sensación de premura y despojo que ha ido creciendo a medida que se acercaba el final del curso. Se ha adelgazado la consistencia de las cosas y los colores son ahora más vivos bajo una luz ya de verano, y los olores más intensos, el tiempo discurre con una desconocida liviandad y parecen más breves las clases y los días y hasta las canciones, una moneda en la ranura de la máquina de discos y en menos de tres minutos se acaba la música, y con ella la exaltación de tanta ternura imaginada, la plenitud furiosa de las guitarras y la batería, tantas afirmaciones y huidas y búsquedas demasiado perentorias para que alguien o algo las satisficiera. Y en esa urgencia detenida, en la repetición de caminatas, canciones, exámenes, encuentros fugaces con Marina, días tachados en los calendarios, aprendíamos lentamente y por primera vez que nuestras vidas de siempre estaban a punto de cambiar, y había delante de nosotros fechas definitivas y pasos que ya no tendrían vuelta. Era, aquella tarde de domingo, con las heladerías ya abiertas y las muchachas vestidas de colores claros, con un azul de postal en el cielo de Mágina, sobre las casas de cal blanca y las torres doradas por el sol, el descubrimiento inaudito de que algunas cosas ocurren por última vez: en la semana siguiente habría un último examen en el instituto, y cuando pasara el verano y terminaran los días tibios de la feria de octubre ya no volveríamos nunca más a las aulas. Viviríamos otras vidas en ciudades lejanas, y el tiempo habría perdido su tediosa eternidad circular, la rotación de los cursos, de las cosechas, de los trabajos en el campo, hasta de los paisajes amarillos, ocres, verdes, azulados, que habíamos visto sucederse en el valle del Guadalquivir desde antes de tener memoria o uso de razón. Desde ahora el tiempo era una línea recta que se prolongaba en dirección al porvernir y al vacío (...)
Antonio Muñoz Molina
El jinete polaco
miércoles, 11 de junio de 2008
Preconstitucional de hace cinco siglos
Dice ICV que el escudo es preconstitucional. Y tanto que lo es... Como que en la Edad Moderna aún no se había promulgado la Constitución, fíjense ustedes.

El día que estos ignorantes aprendan algo de Historia, o tengan al menos la decencia de callarse, perderemos un motivo más para reír (o para llorar) cada día. Que sigan, que sigan.
El día que estos ignorantes aprendan algo de Historia, o tengan al menos la decencia de callarse, perderemos un motivo más para reír (o para llorar) cada día. Que sigan, que sigan.
domingo, 8 de junio de 2008
El referente europeo (III): Europeísmo y oposición
En el panorama que describo se estaba produciendo otro fenómeno del que ya he hablado, que es necesario tener presente. Cuanto se hacía en España en el orden de la política antifranquista, tenía caracteres europeos. España era Europa en cuanto era antifranquista. Europa era para nosotros una ventana abierta que nos permitía soñar con la democracia.Estas palabras de Enrique Tierno Galván ilustran cómo un europeísmo diferente, más completo que la "vocación europea" del Régimen, terminaría por convertirse en factor aglutinante esencial de la oposición al franquismo, aunando en torno al proyecto de integración de España en Europa a prácticamente todo el espectro político español, incluyendo a importantes personajes de la elite franquista. Es el mundo académico el primero en el que aparece la idea europeísta, al fundar José Larraz en 1949 una Sociedad para los Estudios Económicos Españoles dedicada al estudio del proceso de integración europeo. Este grupo generaría ochenta estudios monográficos, los Estudios sobre la Unificación Económica Europea, publicados en 1961. En el mismo año surgen en la Universidad de Zaragoza, por obra del profesor Lacruz Berdejo, el Instituto de Estudios Europeos y el Comité Español para la Liga Europea de Cooperación Económica. Sumados a la publicación de diversos artículos sobre estos temas en medios como la Revista de Estudios Políticos o la Revista de Política Internacional y a la Meditación sobre Europa de Ortega y Gasset, los medios académicos españoles iniciaban una andadura europeísta que habría de ser una constante durante toda la duración del régimen. En estos primeros momentos, no obstante, esta preocupación se manifestaría tan sólo en un interés en el surgimiento de un proyecto europeo que evitaba aludir a la posible problemática política con la que podría encontrarse el régimen.
En los años cincuenta habría de crearse la Asociación Española de Cooperación Europea, que en un principio surgió con una ideología próxima a aquella de la que era depositaria el CEDI. En efecto, aunque nacía vinculada al Movimiento Europeo, la AECE contaba entre sus miembros a elementos fuertemente conservadores y tenía vínculos con los católicos de la ACNP, así como contactos con medios que simpatizaban con la democracia cristiana. Sin embargo, con el tiempo la AECE mostraría una singular evolución que la llevaría a integrar en su seno a personas de ideologías dispares, llegando a haber en la asociación no sólo miembros liberales, sino incluso socialistas. Nacida prácticamente de las elites franquistas, la AECE en 1959 ya había cambiado claramente de sentido, llegando a expresarse en términos de un europeísmo federal y democrático que chocaban fuertemente con las concepciones del régimen.
En aquella década había surgido en paralelo un importante núcleo de actividad europeísta de muy distinta matriz. En efecto, sería Enrique Tierno Galván, entonces catedrático de Derecho Político en la Universidad de Salamanca, el proponente de "doce tesis de funcionalismo europeo" y creador de la Asociación por la Unidad Funcional Europea. El concepto de funcionalismo hacía alusión en este grupo a un método racional de definición del sistema político, identificándose con la construcción de Europa en clave democrática. Formaban parte de este grupo una serie de jóvenes profesores y profesionales en los que se daban cita los principios de libertad, democracia y europeísmo. Esta asociación publicaría desde 1956 una revista titulada Europa a la vista, que sin embargo sería clausurada por el régimen después de sólo tres ediciones. En 1960, Tierno Galván partía hacia el exilio por su actividad opositora.
En el medio académico surgirían también a partir de las revueltas de 1956 diversos grupos clandestinos de universitarios con aspiraciones políticas. Aunque estos grupos presenteban ideologías muy dispares, como cabe colegir tan sólo por sus nombres –Agrupación Socialista Universitaria, Unión Demócrata Cristiana o la monárquica Unión Española–, compartían la voluntad de propiciar una democratización y presentaban en su ideario fuertes convicciones europeístas. Estos grupos, formados por una generación que no había participado en la Guerra Civil, no tenían contacto con la oposición en el exilio –que compartiría los postulados europeístas–.
A través de todos estos núcleos interiores el europeísmo iba cobrando fuerza como factor de unión entre quienes entendían que el régimen debía evolucionar hacia una apertura democrática. Manuel Giménez Fernández, el ex-Ministro de la CEDA, jugaría en la unificación de todas estas tendencias de la oposición interior un papel fundamental. Convencido democristiano, Giménez Fernández fue el creador de la Izquierda Democrática Cristiana (1959), grupo desde el que impulsaría los primeros intentos de entendimiento con los socialistas. Las conversaciones se iniciaron recién fundado el nuevo grupo y, aunque sus frutos definitivos vendrían más tarde, ya entonces se acordó buscar la unidad de todas las fuerzas favorables a la democracia en virtud de un acuerdo que se basaba en el rechazo a la violencia, la democracia y el europeísmo.
También en el exilio sería fundamental el europeísmo como factor aglutinante. Sin embargo, existen diferencias de matiz. Para estos grupos la idea europea no era simplemente una de las bases de su ideario político, sino que constituía ante todo un mecanismo de peso que podía ser utilizado contra el régimen en la escena internacional. Así, dado que la integración europea conllevaba para los aspirantes el requisito de tratarse de países con regímenes democráticos, era una herramienta obvia de la lucha política el presentar al régimen como el principal obstáculo para la participación de España en el proceso de unificación (cosa que, por otra parte, era rigurosamente cierta). El papel fundamental de la oposición exterior lo jugaría sin duda Salvador de Madariaga, uno de los miembros fundadores del Movimiento Europeo surgido en 1948. Madariaga llevaría a cabo diversas iniciativas encaminadas a unificar la oposición aunando antifranquismo y europeísmo. Ante la decisión del Movimiento Europeo de crear consejos de exiliados para aquellos países con regímenes autoritarios, Madariaga impulsaría la creación de una plataforma europea bajo este formato que se convirtiera en punto de encuentro de la oposición.
El europeísmo de los socialistas de PSOE y UGT constituyó en mucha mayor medida un arma para la beligerancia contra el régimen que una convicción firme. Ambos grupos utilizarían las instituciones, partidos y gobiernos europeos como foros ante los cuales llevar a cabo una campaña internacional contra el franquismo. Sin embargo, el socialismo acabaría evolucionando hasta convertir el europeísmo en un elemento ideológico importante al apoyar la construcción europea con vistas a que se crease así un foco de poder alternativo al de las dos superpotencias.
Será en 1962 cuando el Congreso --o "contubernio"-- de Munich vea confluir estas tendencias, que se materializaban así en un programa real en el que democracia y europeísmo quedaban inextricablemente ligados. Pero eso lo dejamos para otro momento.
[Este artículo es fundamentalmente deudor de las obras de Julio Crespo Maclennan y María Teresa La Porte]
También en Lorem Ipsum.
miércoles, 28 de mayo de 2008
La izquierda española frente a las difamaciones de los técnicos
En la Segunda República, cuando el partido socialista proponía medidas de reforma agraria, hubo varias voces disonantes que advirtieron del peligro de realizar este tipo de cambios sin atender a estudios previos sobre la capacidad económica de la tierra para servir de medio de vida a las personas a las que se le quería repartir (en caso de distribuir lotes) o a las que se quería asentar (en caso de colectivizaciones). Algunas de estas voces se encontraban entre las más solventes del propio socialismo: personas como Julián Besteiro avisaron del riesgo que se corría de sumir al país en la miseria si se le condenaba, desde una mentalidad anti-industrial, a ser perpetuamente agrícola.
Pero los informes técnicos que alertaban acerca de la situación provenían sobre todo de agentes como las cámaras agrícolas y de comercio o los notarios. En ningún momento se prestó atención a este tipo de estudios; del mismo modo, fue frecuente la negativa a permitir que hubiese técnicos que inspeccionasen las tierras para informar de la viabilidad económica de la reforma, y se insistió en que al frente de las colectividades se colocase a sindicalistas en lugar de a expertos.
No es tan inexplicable como puede parecer: al fin y al cabo, los informes los habían elaborado agentes al servicio de la reacción. Los técnicos eran los instrumentos de una oscura artimaña de la patronal. Por lo demás, los altos ideales morales de la reforma agraria no podían verse comprometidos por nimiedades de carácter técnico. Se iba a cambiar el rumbo de la Historia, y en semejante tesitura es difícil suponer que las comadronas de un nuevo mundo fuesen a detenerse ante las limitaciones que imponían la realidad y la lógica económicas. Entre otros resultados, acabarían repartiéndose lotes de tamaño ínfimo con la pretensión de que alimentasen a unidades familiares completas: en ocasiones, hablamos de 2,5 hectáreas. De dehesa, para más inri.
Sobre esta insensata actitud de desdén hacia el estudio científico y concreto de los problemas escribía en 1937 Clara Campoamor:
Era mentira que con los cheques-regalo para los jóvenes fueran a subir los precios de los alquileres.
Era mentira, también, que los 400 euros fueran un inútil derroche de dinero que detraía fondos para otras medidas más sensatas. O que una medida tan pretendidamente progresista e hiperprogresiva no fuera a beneficiar a los más pobres.
Era mentira que para que la Ley de Dependencia sirviera de algo hicieran falta medios suficientes para su adecuada implantación. Es de suponer, opina una servidora, que el recorte de los beneficiarios de esta medida en Andalucía (al margen de lo que indica la propia ley) se habrá debido a una falta de recursos y no a la maldad intrínseca de la Junta.
Nada de esto era verdad. Artimañas todo.
Pero los informes técnicos que alertaban acerca de la situación provenían sobre todo de agentes como las cámaras agrícolas y de comercio o los notarios. En ningún momento se prestó atención a este tipo de estudios; del mismo modo, fue frecuente la negativa a permitir que hubiese técnicos que inspeccionasen las tierras para informar de la viabilidad económica de la reforma, y se insistió en que al frente de las colectividades se colocase a sindicalistas en lugar de a expertos.
No es tan inexplicable como puede parecer: al fin y al cabo, los informes los habían elaborado agentes al servicio de la reacción. Los técnicos eran los instrumentos de una oscura artimaña de la patronal. Por lo demás, los altos ideales morales de la reforma agraria no podían verse comprometidos por nimiedades de carácter técnico. Se iba a cambiar el rumbo de la Historia, y en semejante tesitura es difícil suponer que las comadronas de un nuevo mundo fuesen a detenerse ante las limitaciones que imponían la realidad y la lógica económicas. Entre otros resultados, acabarían repartiéndose lotes de tamaño ínfimo con la pretensión de que alimentasen a unidades familiares completas: en ocasiones, hablamos de 2,5 hectáreas. De dehesa, para más inri.
Sobre esta insensata actitud de desdén hacia el estudio científico y concreto de los problemas escribía en 1937 Clara Campoamor:
Los partidos españoles de extrema izquierda han hecho ostentación, a menudo, de un profundo desprecio por la técnica en todos los campos, al menos por la técnica "burguesa", la única que lógicamente podía existir en el país en el momento de la llegada de la República. Bastaba, en su opinión, con poseer la fe y el entusiasmo revolucionario para poder ocupar cualquier cargo en el gobierno.Efectivamente, también durante la Guerra Civil el bando republicano fue víctima de su propia fe en el pueblo y de su desprecio por los requisitos reales de un enfrentamiento bélico. Vicente Rojo explicaría así la derrota republicana:
Este desprecio no dejó de manifestarse en el momento de la lucha [en la Guerra Civil].
El gobierno esperaba vencer al movimiento militar gracias al fervor republicano y revolucionario de los trabajadores.
(...) hemos sido nosotros los que le hemos dado [al bando sublevado] la superioridad en todos los órdenes, económico, diplomático, industrial, orgánico, social, financiero, marítimo, aéreo, humano, material y técnico (...); y se la hemos dado porque no hemos sabido organizarnos, administrarnos y subordinarnos a un fin y a una autoridad.Setenta años después y memoria histórica mediante, seguimos sin aprender. Las advertencias acerca de los efectos que tendría ciertas medidas del gobierno eran, de nuevo, artimañas de la patronal. O de la oposición.
Era mentira que con los cheques-regalo para los jóvenes fueran a subir los precios de los alquileres.
Era mentira, también, que los 400 euros fueran un inútil derroche de dinero que detraía fondos para otras medidas más sensatas. O que una medida tan pretendidamente progresista e hiperprogresiva no fuera a beneficiar a los más pobres.
Era mentira que para que la Ley de Dependencia sirviera de algo hicieran falta medios suficientes para su adecuada implantación. Es de suponer, opina una servidora, que el recorte de los beneficiarios de esta medida en Andalucía (al margen de lo que indica la propia ley) se habrá debido a una falta de recursos y no a la maldad intrínseca de la Junta.
Nada de esto era verdad. Artimañas todo.
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domingo, 25 de mayo de 2008
El referente europeo (II): La "vocación europea" del Régimen
Edit: Este artículo y el precedente, también en la Tribuna de Lorem-Ipsum.
Es obvio que el Franquismo nunca fue europeísta. De hecho, el propio Franco describió el alzamiento como una cruzada destinada a proteger los valores católicos de la patria frente a las doctrinas "bastardas, afrancesadas y europeizantes" del liberalismo. Junto con rojos y separatistas, los liberales europeizantes habrían de ser para el régimen franquista durante sus cuarenta años de existencia la amenaza fundamental a la que se enfrentaba España. Sin embargo, tampoco cabe considerar que Franco fuera antieuropeo; a su manera, el Generalísimo afirmaba que estaba luchando por los valores de la auténtica Europa, la que tenía su base en la civilización cristiana y se veía amenazada por las fuerzas oscuras del liberalismo y el comunismo. España era la depositaria de la misión de defender la civilización y el cristianismo en Europa frente a las amenazas que se cernían sobre ella. Por otra parte, pese a la neutralidad –o no-beligerancia– del régimen en la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que el dictador nunca ocultó su gusto por el "orden europeo" preconizado por Hitler; la alianza con los poderes del Eje habría de llevar a España a recuperar su esplendor imperial y el prestigio perdido.
El desenlace de la contienda mundial frustró estas ambiciones, sumiendo a España en una etapa de ostracismo internacional de la que sólo lograría salir plenamente una vez superada la dictadura. Sin embargo, el acercamiento de Estados Unidos a España a partir de la década de los cincuenta, motivado por las necesidades estratégicas de la Guerra Fría, llevaría al régimen a reconstruir su identidad, emergiendo ahora como "centinela de Occidente" frente a la amenaza soviética. Pero la legitimación que supuso el hecho de que los Estados Unidos se convirtieran en valedores de España en foros internacionales no encontró paralelos en el ámbito europeo, en el que nunca se lograría la adhesión plena a la Comunidad Económica Europea, pese a los intentos de la diplomacia franquista.
En efecto, el Franquismo había eclipsado las prometedoras posibilidades que llevaba implícito el concepto de europeización, al pretender desterrar por completo la raíz liberal del pensamiento español y al paralizar en gran medida un cierto proyecto de modernización que se vislumbraba en la España de los años treinta. No obstante, también es cierto que la actitud del régimen ante Europa experimentaría un viraje al ritmo de ese proceso de integración que arranca de la posguerra y llega a nuestros días. Los primeros pasos de la unificación fueron sin duda acogidos con una negligencia casi total, mezcla de una escasa atención a las conferencias que iniciaron el movimiento y de un cierto grado de resentimiento por haber sido relegados del mismo.
Sin embargo, este desprecio oficial reflejado en declaraciones y en la prensa del Régimen chocará de manera cada vez más clara con la preocupación creciente de las familias del franquismo por el proceso y con el interés que progresivamente irán mostrando por encontrar una fórmula que permitiese la participación de España en el mismo. La llegada al gobierno de los católicos pareció en este sentido una baza inicial, debido a los contactos de personalidades como Martín Artajo y Ruiz Giménez con la democracia cristiana europea. Ya desde la posguerra, pues, se cultivará, pese a la intención de aparecer como indiferentes, un discurso tendente a enfatizar la necesidad de Europa de contar con España como parte integrante del continente, preocupada siempre por la conservación y protección de sus tradiciones más esenciales. Los católicos fueron los responsables de la creación en 1952 de la única asociación europeísta española que habría de mantenerse fiel a los preceptos del Régimen durante toda su existencia: el Centro Europeo de Documentación e Información. El CEDI, aunque teóricamente independiente, contó en su financiación con apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores y tendría entre sus miembros a personajes de la elite franquista y a conocidos católicos. Aunque se mostró útil a la hora de mantener contactos con los medios europeos más conservadores, se dedicó siempre fundamentalmente al proyecto fracasado de construir una alternativa a la unificación europea en clave democrática, con idea de que el régimen político imperante en España no supusiera un obstáculo para su participación en el proyecto de integración.
Será Martín Artajo, quien recurrió frecuentemente a la CEDI como herramienta diplomática, el responsable de los primeros pasos de la orientación europea del Régimen, pero lo cierto es que esta obedecería fundamentalmente a criterios económicos, pretendiendo relegar a un segundo plano las consideraciones políticas. Lo más "político" que se haría en dirección a Europa sería utilizar las relaciones culturales como una especie de diplomacia paralela en la que se mezclaban acción cultural y propaganda del Régimen. En este ámbito se observa una actitud algo más europeísta, creándose una sección de Política Cultural Europea en la Dirección General de Relaciones Culturales. Pero aquí como en el resto de campos, España siguió marginada de los foros de la construcción europea.
En realidad, el obstáculo fundamental que se oponía al éxito de la diplomacia del Régimen en el terreno de la unificación europea no fue sino el propio Régimen. La España de Franco iniciaría un intento de acercamiento a Europa desde finales de los cincuenta que hay que entender como un proceso paralelo a la apertura económica que supuso el Plan de Estabilización e intrínsecamente ligado al hecho de que en 1957 se creaba la Comunidad Económica Europea, que para el Régimen presentaba un gran interés por motivos fundamentalmente económicos. Los tecnócratas que introdujeron a España en la economía de mercado consideraron crucial no quedarse fuera de la construcción europea, dividiéndose desde estos momentos el propio gobierno entre europeístas y escépticos. Sin embargo, este europeísmo económico encarnado en Ullastres, Navarro Rubio y Castiella no habría de obtener grandes logros; su iniciativa más importante fue la de solicitar en 1962 la apertura de negociaciones con la CEE con vistas a una asociación económica sin implicaciones de cambio político.
En última instancia, la persistencia de la actitud de europeísmo puramente económico no sólo resultaría en problemas en las relaciones con Europa, sino que motivaría disidencias entre las propias elites franquistas y entre sus bases sociales de apoyo. Así, la firma en 1970 de un tratado preferencial entre la CEE y España supuso desde la perspectiva oficialista un éxito de la diplomacia franquista, pero habría de provocar la agudización de las tensiones internas con quienes eran conscientes de que la integración plena en Europa pasaba por la introducción de cambios políticos. Al final, el fracaso del Régimen en su política europea debido a su propio carácter habría de motivar la reflexión de muchos en torno a la conveniencia o no de seguir apoyando un sistema político que se había convertido en un lastre. La oportunista e incompleta "vocación europea" del Franquismo terminaría, pues, por volverse en su contra.
Es obvio que el Franquismo nunca fue europeísta. De hecho, el propio Franco describió el alzamiento como una cruzada destinada a proteger los valores católicos de la patria frente a las doctrinas "bastardas, afrancesadas y europeizantes" del liberalismo. Junto con rojos y separatistas, los liberales europeizantes habrían de ser para el régimen franquista durante sus cuarenta años de existencia la amenaza fundamental a la que se enfrentaba España. Sin embargo, tampoco cabe considerar que Franco fuera antieuropeo; a su manera, el Generalísimo afirmaba que estaba luchando por los valores de la auténtica Europa, la que tenía su base en la civilización cristiana y se veía amenazada por las fuerzas oscuras del liberalismo y el comunismo. España era la depositaria de la misión de defender la civilización y el cristianismo en Europa frente a las amenazas que se cernían sobre ella. Por otra parte, pese a la neutralidad –o no-beligerancia– del régimen en la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que el dictador nunca ocultó su gusto por el "orden europeo" preconizado por Hitler; la alianza con los poderes del Eje habría de llevar a España a recuperar su esplendor imperial y el prestigio perdido.
El desenlace de la contienda mundial frustró estas ambiciones, sumiendo a España en una etapa de ostracismo internacional de la que sólo lograría salir plenamente una vez superada la dictadura. Sin embargo, el acercamiento de Estados Unidos a España a partir de la década de los cincuenta, motivado por las necesidades estratégicas de la Guerra Fría, llevaría al régimen a reconstruir su identidad, emergiendo ahora como "centinela de Occidente" frente a la amenaza soviética. Pero la legitimación que supuso el hecho de que los Estados Unidos se convirtieran en valedores de España en foros internacionales no encontró paralelos en el ámbito europeo, en el que nunca se lograría la adhesión plena a la Comunidad Económica Europea, pese a los intentos de la diplomacia franquista.
En efecto, el Franquismo había eclipsado las prometedoras posibilidades que llevaba implícito el concepto de europeización, al pretender desterrar por completo la raíz liberal del pensamiento español y al paralizar en gran medida un cierto proyecto de modernización que se vislumbraba en la España de los años treinta. No obstante, también es cierto que la actitud del régimen ante Europa experimentaría un viraje al ritmo de ese proceso de integración que arranca de la posguerra y llega a nuestros días. Los primeros pasos de la unificación fueron sin duda acogidos con una negligencia casi total, mezcla de una escasa atención a las conferencias que iniciaron el movimiento y de un cierto grado de resentimiento por haber sido relegados del mismo.
Sin embargo, este desprecio oficial reflejado en declaraciones y en la prensa del Régimen chocará de manera cada vez más clara con la preocupación creciente de las familias del franquismo por el proceso y con el interés que progresivamente irán mostrando por encontrar una fórmula que permitiese la participación de España en el mismo. La llegada al gobierno de los católicos pareció en este sentido una baza inicial, debido a los contactos de personalidades como Martín Artajo y Ruiz Giménez con la democracia cristiana europea. Ya desde la posguerra, pues, se cultivará, pese a la intención de aparecer como indiferentes, un discurso tendente a enfatizar la necesidad de Europa de contar con España como parte integrante del continente, preocupada siempre por la conservación y protección de sus tradiciones más esenciales. Los católicos fueron los responsables de la creación en 1952 de la única asociación europeísta española que habría de mantenerse fiel a los preceptos del Régimen durante toda su existencia: el Centro Europeo de Documentación e Información. El CEDI, aunque teóricamente independiente, contó en su financiación con apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores y tendría entre sus miembros a personajes de la elite franquista y a conocidos católicos. Aunque se mostró útil a la hora de mantener contactos con los medios europeos más conservadores, se dedicó siempre fundamentalmente al proyecto fracasado de construir una alternativa a la unificación europea en clave democrática, con idea de que el régimen político imperante en España no supusiera un obstáculo para su participación en el proyecto de integración.
Será Martín Artajo, quien recurrió frecuentemente a la CEDI como herramienta diplomática, el responsable de los primeros pasos de la orientación europea del Régimen, pero lo cierto es que esta obedecería fundamentalmente a criterios económicos, pretendiendo relegar a un segundo plano las consideraciones políticas. Lo más "político" que se haría en dirección a Europa sería utilizar las relaciones culturales como una especie de diplomacia paralela en la que se mezclaban acción cultural y propaganda del Régimen. En este ámbito se observa una actitud algo más europeísta, creándose una sección de Política Cultural Europea en la Dirección General de Relaciones Culturales. Pero aquí como en el resto de campos, España siguió marginada de los foros de la construcción europea.
En realidad, el obstáculo fundamental que se oponía al éxito de la diplomacia del Régimen en el terreno de la unificación europea no fue sino el propio Régimen. La España de Franco iniciaría un intento de acercamiento a Europa desde finales de los cincuenta que hay que entender como un proceso paralelo a la apertura económica que supuso el Plan de Estabilización e intrínsecamente ligado al hecho de que en 1957 se creaba la Comunidad Económica Europea, que para el Régimen presentaba un gran interés por motivos fundamentalmente económicos. Los tecnócratas que introdujeron a España en la economía de mercado consideraron crucial no quedarse fuera de la construcción europea, dividiéndose desde estos momentos el propio gobierno entre europeístas y escépticos. Sin embargo, este europeísmo económico encarnado en Ullastres, Navarro Rubio y Castiella no habría de obtener grandes logros; su iniciativa más importante fue la de solicitar en 1962 la apertura de negociaciones con la CEE con vistas a una asociación económica sin implicaciones de cambio político.
En última instancia, la persistencia de la actitud de europeísmo puramente económico no sólo resultaría en problemas en las relaciones con Europa, sino que motivaría disidencias entre las propias elites franquistas y entre sus bases sociales de apoyo. Así, la firma en 1970 de un tratado preferencial entre la CEE y España supuso desde la perspectiva oficialista un éxito de la diplomacia franquista, pero habría de provocar la agudización de las tensiones internas con quienes eran conscientes de que la integración plena en Europa pasaba por la introducción de cambios políticos. Al final, el fracaso del Régimen en su política europea debido a su propio carácter habría de motivar la reflexión de muchos en torno a la conveniencia o no de seguir apoyando un sistema político que se había convertido en un lastre. La oportunista e incompleta "vocación europea" del Franquismo terminaría, pues, por volverse en su contra.
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