lunes, 14 de diciembre de 2009

Cerrado por traslado

Cambio de aires: nos trasladamos a WordPress.


Chiaroscuro 2.0



Actualicen sus enlaces cuando puedan, please.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El ejército, nuestra oenegé preferida

Los ejércitos nacionales son uno de los elementos más característicos del desarrollo de los modernos Estados-nación. En el caso español --un caso de construcción cuando menos imperfecta del Estado liberal--, el ejército ha tenido a lo largo de la contemporaneidad una evolución tan interesante como plagada de altibajos. Habiendo adquirido un enorme prestigio desde la victoria ante las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX, los generales españoles se convertirían durante buena parte de la centuria en actores políticos fundamentales, portavoces de diversas versiones del liberalismo y causantes de numerosos cambios de gobierno: no en vano, el golpe de Estado español decimonónico ha pasado a la historiografía con un nombre propio, el de pronunciamiento. Biografías como las de Espartero o Narváez, grandes protagonistas de las luchas políticas de la época isabelina y líderes, respectivamente, del liberalismo progresista y moderado, dan fe de ello. Enzarzado como estaba en la lucha política, al ejército del XIX le faltó en cambio el convertirse en elemento de unidad nacional, en referente simbólico de la idea de España, a diferencia de lo ocurrido en otros países. Lo cierto es que sólo O'Donnell y la Unión Liberal harían algún intento de utilizar al Ejército como elemento de prestigio y con una finalidad creadora de conciencia nacional, aunque lo hicieran a través de expediciones de escasa fortuna y a veces un tanto rocambolescas.

En cualquier caso, este ejército, metido a actor político pero de mentalidad fundamentalmente liberal (valga la contradicción), protagonista clave incluso de revoluciones como la Gloriosa de 1868, experimentaría en el último tercio del siglo un cambio de mentalidad en el que influyeron diversos factores, pero en el que sin duda jugó un papel significativo la experiencia del desorden y la inestabilidad constantes del Sexenio, etapa demasiado breve como para que España pasara en esos años de un gobierno provisional a una monarquía democrática con rey extranjero a una república federal --cuyos gobiernos no duraban más de unos meses y con insurrección cantonal incluida-- a una especie de indefinida y vaga república unitaria a la que finalmente pondría fin la restauración alfonsina. La penetración de la I Internacional en España, favorecida por el amplio marco de libertades de aquellos años, no fue en absoluto ajena a esto; como no lo fue, desde luego, el efecto de caja de resonancia que jugó la Comuna de París a la hora de decantar a buena parte de la clase política hacia posturas cada vez más convencidas de la necesidad de asegurar el orden, poner freno a una creciente conflictividad social cuya presencia en las calles era cada vez mayor, desconfiar de la participación política de las clases populares, y preservar y proteger la propiedad privada.

La Restauración vino a ofrecer una plasmación de todo ello. Con un diseño teórico inspirado en el ejemplo británico y un funcionamiento real que garantizaba la estabilidad a través del fraude electoral y las redes clientelares, el proyecto civilista y pragmático de Cánovas conseguiría durante el último cuarto del siglo XIX mantener alejados de la política a los militares. Sin embargo, el sistema entraría en crisis desde finales del siglo por motivos diversos. No es un factor menor, en este sentido, la aprobación del sufragio universal en 1890, que hacía más difícil el control electoral (no es lo mismo controlar a 800.000 electores que a cinco millones) y entre cuyas consecuencias cabe contar la necesidad de emplear para el sostenimiento del sistema dosis de violencia (en algunos casos más simbólica que física) que hasta entonces no habían hecho falta. En lo que respecta al ejército, la entrada en el siglo XX vino acompañada de cambios considerables y de un regreso a la política. Simbólicamente, el desastre del 98, del que los militares culparon a la irresponsabilidad de los políticos (idea que se mantendría durante largo tiempo: véase a título de ejemplo Raza), marcaba el inicio de unos largos años de crisis del sistema en los que el ejército iría cobrando un protagonismo creciente. El papel jugado por Alfonso XIII, los recelos militares ante los nacionalismos periféricos, el empleo creciente del ejército como fuerza de orden público ante la creciente conflictividad social y las campañas africanistas, unidos a incidentes como el del Cu Cut, eran una manifestación palpable del paulatino retorno de los militares a la arena política. El resultado final de todo aquello no puede ser más elocuente: poco hay que añadir, respecto al papel de los militares, sobre la dictadura de Primo de Rivera.

Para cuando se proclamó la II República, el ejército era ya un cuerpo de ideario profundamente conservador y que se veía a sí mismo como garante de la unidad de España. No resultan sorprendentes, por lo tanto, los constantes enfrentamientos entre los militares y las izquierdas --republicanas o no-- durante esta etapa; tampoco la reforma militar de Azaña ayudó a la concordia. Respecto a las derechas, se retomaba la utilización del ejército como garante del orden público: ahí está la durísima represión lanzada contra los protagonistas de la llamada revolución de octubre del año 34. Y de nuevo sería el ejército o, para ser exactos, una facción del mismo, el que en 1936 pusiera fin a aquella experiencia. Respecto al franquismo, resulta evidente el papel fundamental jugado por las fuerzas armadas: aunque el régimen fuera más la dictadura de un militar que una dictadura militar propiamente, el ejército fue no sólo uno de sus mayores soportes, sino el pilar principal sobre el que se sostuvo durante sus cuatro décadas de duración. No fueron tan constantes las otras familias: Falange, convertida en partido único al tiempo que se la descabezaba y se la unificaba con el carlismo, quedó muy pronto relegada a un papel más simbólico que real al tiempo que los planteamientos falangistas se diluían en el indefinido magma que fue el Movimiento; la Iglesia, por su parte, dejó de prestar un apoyo monolítico, como mínimo, desde el Concilio Vaticano II, como lo prueban los enfrentamientos en su propio seno o el fenómeno de los curas obreros. Pero en 1975 el ejército seguía siendo, con muy escasas excepciones (léase la muy minoritaria Unión Militar Democrática), lo que había sido durante cuarenta años de régimen: garante del franquismo (sin Franco), de la unidad nacional, de los principios tradicionales y de la exclusión de los rojos de la vida política nacional.

No es extraño, por lo tanto, que las fuerzas armadas se convirtieran en uno de los principales problemas con los que se tuvo que lidiar durante la transición a la democracia. Dan buena cuenta de ello la actitud de la inmensa mayoría de los militares hacia Suárez y las diversas conspiraciones que hubo durante aquellos años, de las que el golpe del 23-F fue sin duda la de mayor trascendencia pública. Los esfuerzos por democratizar el ejército, a los que no fue ajena la integración en la OTAN --uno de cuyos propósitos era que las fuerzas armadas entrasen en contacto con sus homólogas de países de tradición democrática--, fueron una de las luchas más complejas en los años de la transición, con su continuación durante la etapa de consolidación democrática.

Los tiempos recientes han visto aparecer novedades en el horizonte, una de las cuales es una tendencia no exclusivamente española, pero tal vez particularmente arraigada aquí, a considerar que la guerra es, por definición, un instrumento ilegítimo. La necesidad de los gobiernos democráticos de adaptarse a esta postura simplista ampliamente asumida por la opinión pública occidental ha llevado a un uso cada vez más acentuado de eufemismos que hacen que ya no haya guerras, sino misiones de paz, y a la pretensión de convertir a los ejércitos en algo así como unas ONG cuyas principales funciones son la cooperación al desarrollo, las misiones de salvamento cuando suceden catástrofes naturales, y el reparto de agua y comida que tanto figura en los telediarios. El que los países occidentales, que, sin constituir el mejor de los mundos posibles, ofrecen sin duda a sus ciudadanos el mejor de los que ahora mismo existentes (en términos de libertades y de bienestar --¿hay otros?--), sean precisamente aquellos cuyos ciudanos menos dispuestos están a defender el sistema, no deja de ser una contradicción a la que un Occidente acomplejado y biempensante tendrá que hacer frente tarde o temprano.

Respecto al caso español, como de costumbre, nosotros ponemos la guinda: los políticos españoles han tenido, a lo largo de los dos últimos siglos, actitudes muy diversas hacia el ejército. Y España ha tenido ejércitos muy diferentes. Lo que nunca habíamos tenido, hasta ahora, es un Ministerio de Defensa pacifista. Un Ministerio cuyo ámbito de actuación no es otro que el de las accciones de guerra no puede no creer en la guerra. Y un gobierno dispuesto a pagar lo que se le pida por liberar a unos rehenes españoles debería, al menos, tener la decencia de enviar a continuación una operación militar bien diseñada, y con órdenes de actuar con toda la fuerza necesaria, a perseguir a los secuestradores hasta sus madrigueras.

Ahora me llamarán belicista.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El placer está en tus manos

No, si al final va a resultar que una servidora era una visionaria. Nunca subestimes la capacidad de las administraciones púb[l]icas para sorprendernos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Franco y el muro de Berlín

En marzo de 1976, Alexander Solzhenitsyn visitó España y protagonizó en TVE una entrevista que lo convertiría en blanco de muchas críticas, particularmente entre el antifranquismo prosoviético (que, afortunadamente, ni era todo el antifranquismo ni era toda la izquierda). En aquella entrevista, el novelista y disidente ruso realizó sus ya célebres declaraciones en las que comparaba el franquismo con el régimen soviético:
¿Saben ustedes lo que es una dictadura? (...) Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier lugar de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo en nuestro país. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska. Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme a tal o cual población (...)

Los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero (...) En nuestro país estamos como encarcelados. Paseando por Madrid y otras ciudades (...) más de una docena, he podido ver en los kioskos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros se verían inmediatamente docenas y docenas de manos tendidas luchando por procurárselos (...)

También he observado que en España uno puede utilizar libremente las fotocopiadoras (...) Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así en nuestro país.
En su país (dentro de ciertos límites, es cierto) se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años del poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladora (...)

Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.
Más de veinte años después --hoy mismo--, el inefable líder político y gran intelectual español José Luis Rodríguez Zapatero, digno representante de la tendencia patria al Yo Yo Yo, ha realizado su propia comparación. Explica ZP que, cuando cayó el muro de Berlín, él
(...) tenía 29 años y España llevaba desde el año 1975 en un periodo de libertad y de democracia. Nosotros también habíamos tenido una caída reciente del muro, del muro propio, que durante 40 años tuvimos en España (...)

Fue un muro pesado, una losa muy dura para nuestra historia y por tanto sabíamos lo que significaba la libertad, lo teníamos muy vivo en la carne, en nuestra experiencia (...)
Dejando a un lado la ironía, lo cierto es que la frivolidad y el ombliguismo del presidente se vuelven en ocasiones insufribles. Precisamente por muchas de esas diferencias que ya puso de relieve Solzhenitsyn hace más de dos décadas --las mismas que algunos nunca le perdonaron--, la comparación es insostenible. Y si a las declaraciones del represaliado ruso tal vez cabría introducirles algún matiz, en cualquier caso podría alegar a su favor, y comprensiblemente, una experiencia personal terrible. No creo que quepa decir lo mismo de Zapatero, a quien precisamente lo que le tocó de vivir del franquismo, y muy de refilón, fue la etapa más suave: aquella que describía Solzhenitsyn. Basta, en fin, con saber un poco de historia, ser un poco prudente y tener la capacidad de entender que el mundo no gira en torno a uno. Pero me da a mí la impresión de que estos comentarios de Zapatero despertarán bastante menos atención entre la izquierda que aquella entrevista, de la que Juan Benet sacó su ignominiosa conclusión:
Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexander Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexander Solzhenitsin no puedan salir de ellos.
Al final, parece que algunas cosas nunca cambian, y que las obsesiones de cada una de nuestras sectas son constantes e inamovibles. Tal vez esto sea en el fondo lo más preocupante (porque los presidentes pasan, pero otras cosas quedan): resulta sintomático del grado de atrincheramiento ideológico de este país el que una búsqueda en Google sobre aquel incidente dé fundamentalmente como resultado el hallazgo de un número considerable de páginas que citan a Pío Moa y se hacen eco de la interpretación según la cual este incidente sirve para retratar a toda la oposición al franquismo. Tan sintomático como el hecho de que, por el otro lado, lo que se encuentren sean comentarios tachando a Solzhenitsyn poco menos que del diablo en persona. Así, tal cual: de lo anecdótico a lo general, de un plumazo y sin mayores matices.

Afortunadamente, y conviene insistir sobre ello aunque sea para consolarnos, no todo el país era (ni es) así, como nos recuerda Jon Juaristi:
Solzhenitsyn, que era él mismo un resistente, no negó que el régimen de Franco fuera una dictadura. Simplemente, lo comparó con el soviético y puso de relieve las diferencias entre el franquismo y el régimen totalitario más largo que los tiempos han visto hasta la fecha. Ya entonces, a muchos que nos teníamos por antifranquistas, la distinción nos pareció razonable y oportuna. No estaba muy claro lo que esperábamos del posfranquismo, pero no queríamos una democracia popular.
País.

sábado, 17 de octubre de 2009

Anatomía de un instante

No es es el libro de un historiador, pero es un libro de historia, aunque no lo sea de historia académica. No es una investigación primaria, ni aporta datos nuevos ni consulta fuentes inéditas. Pero es una obra de historia, no obstante (aunque igual los eruditos me critican por decir esto), y no sólo por su temática, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de rigor. A pesar de lo mucho que parece prestarse a ello el asunto, no cae en rocambolescas teorías de la conspiración, trata los datos con seriedad y cautela y, aunque presenta hipótesis, las explica y aclara y no se aferra a ninguna de las más dudosas --aunque sean las suyas-- ni las sostiene como si fueran grandes verdades irrebatibles. Como haría cualquier historiador honrado, plantea preguntas sin pretender engañarnos cuando no tiene las respuestas.

No es una novela, pero es el libro de un novelista, aunque lo sea de un novelista que ha hecho equilibrios muchas veces sobre esa fina línea que separa la ficción de la realidad. No es una ficción, no introduce narradores imaginarios ni personajes inventados ni datos irreales. Pero es la obra de un novelista, y no sólo porque sea trepidante --que lo es-- ni porque la estructura del relato sea, en muchos sentidos, claramente literaria, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de imaginación. Dice Cercas que su libro no es un libro sobre el 23-F, sino un libro sobre un gesto, sobre el gesto de un Adolfo Suárez que se queda sentado mientras los golpistas disparan sus balas en el Congreso de los Diputados. Y es cierto que buena parte de la obra se dedica a analizar ese gesto, a ofrecer una interpretación (o varias) del mismo, erigiéndolo en símbolo o clave de los acontecimientos de aquel día y de los meses que vinieron antes y de lo que vino después. Esto es, evidentemente, un recurso literario. Y, dado que nadie puede estar dentro de la mente de otro, es también pura especulación y en absoluto verificable, aunque tampoco el autor pretende vendernos lo contrario.

Tal vez porque es las dos cosas a la vez y porque, sin embargo, Cercas no parece jugar a confundir una faceta con otra, tal vez por ello el resultado es un libro que engancha de inmediato y que induce a devorarlo de una sentada; es también una obra que provoca melancolía, probablemente porque huye de la frialdad absoluta del dato puro e intenta meterse en la mente y el alma de unos hombres a los que a menudo resulta difícil comprender. La sensibilidad literaria y la sensibilidad histórica se entrecruzan y a Cercas le han salido unas páginas que invitan un poco a la tristeza y un poco a la esperanza, porque nos sitúan ante el espejo (o ante uno de los muchos espejos) de lo que fuimos y de lo que, en gran medida, seguimos siendo.

Igual también por ser obra de un novelista que no olvida del todo su oficio (el oficio de contar, y de contar entreteniendo) aunque se ponga a escribir una crónica, el libro escapa por completo a esos dos males tan ampliamente difundidos en la historiografía española: de un lado, la tendencia a escribir tan sólo para un público de especialistas enfrascados en debates muchas veces estériles, que se nutre de un endiosado desprecio por todo lo que suene a divulgación (pero que luego no evita que nos lamentemos sin pudor de que nadie echa cuenta a los historiadores); de otro, esa especie de terror absoluto a escribir algo ameno, comprensible y --por qué no-- que atrape al lector. Cercas es español y ha escrito un libro de historia, pero no es un historiador español y eso sin duda le ayuda a escapar a esos vicios en los que tan a menudo (aunque quiero pensar que cada vez menos) cae la historiografía patria.

He dicho que Anatomía de un instante es un ejercicio de rigor y a la vez un ejercicio de imaginación. Creo también que es, en muchos aspectos, un ejercicio de sentido común. Porque tiene la capacidad de huir de maniqueísmos, y me parece que eso no es nada fácil; desde luego, no es nada habitual. Porque, en la parte de la obra que corresponde al ejercicio de imaginación, Cercas parece saber como buen novelista y como simple ser humano que un personaje jamás se puede construir tan sólo a base de blanco o de negro, e intenta penetrar en las complejidades de esas personas que también son personajes (porque son historia) o de esos personajes históricos que a pesar de ello son personas. Pero también porque, tratándose de un libro que tiene uno de sus ejes fundamentales en el acercamiento a esa cosa tan extraña y tan fascinante y tan ajena muchas veces a nosotros que es el poder, Cercas plantea la política como el arte de lo posible, sin maximalismos absurdos y sin perder de vista que los ideales hay que hacerlos convivir con la realidad. Como él mismo dice, lo contrario es el Fiat iustitia et pereat mundus, idea-fuerza que muchos parecen haber hecho suya sin darse cuenta de que es un rasgo de soberbia tanto como lo es de egoísmo. Que se haga justicia aunque perezca el mundo, dicen, como si toda justicia no fuera a perecer con él.

jueves, 8 de octubre de 2009

Represión de la Memoria

Recién iniciada la guerra civil, la vigilancia cultural que sería consustancial al franquismo –especialmente en su primera época– comenzaría a materializarse en la Sevilla de Queipo en un bando, emitido el 4 de septiembre de 1936 por el entonces jefe del Ejército del Sur, que declaraba "ilícitos el comercio, circulación, producción y tenencia de libros, periódicos, folletos y toda clase de impresos pornográficos o de literatura socialista, comunista, libertaria, y en general, disolvente" y señalaba que la medida era aplicable, entre otros, a "los particulares y entidades y Corporaciones". El bando estipulaba la entrega a la autoridad militar de los libros prohibidos, entre los que se incluían no sólo aquellos de contenido claramente político, sino también aquellas obras literarias de autores considerados sospechosos por el régimen, categoría que en un momento dado podía ser todo lo amplia que se quisiera. En virtud de la represión cultural llevada a cabo por el franquismo, algunas de las figuras más brillantes del panorama literario español quedarían borradas de la vida cultural española durante años.

Ahora, por lo visto, se trata de hacer exactamente lo contrario --o exactamente lo mismo, según se mire--. Ya no se prohiben ni requisan libros (al menos de momento), pero se hace uso de otros medios para legitimar por razones políticas, y no literarias, una censura a la figura de determinados autores. Se les olvidan además, a los camaradas de Izquierda Unida, no sólo las consideraciones más elementales acerca de la libertad de expresión --no es del todo de extrañar: la dictadura de lo políticamente correcto es lo que tiene, y las credenciales democráticas de los antecesores ideológicos de IU no es que sean para hacerles una fiesta--, sino también el hecho clave de que las cosas, generalmente, no son tan blancas ni tan negras. Agustín de Foxá era amigo de José Antonio. Y el tan manoseado Federico García Lorca lo era de Luis Rosales.

Los dos, en cualquier caso, eran escritores.

Y que tengan el cinismo de hablarnos de "los cuarenta años de represión de la memoria". Se ve que hemos pasado de una represión de la memoria, con la memoria como víctima, a una represión de la Memoria [Histórica], con esta nueva Memoria oficial como agente.

Este es el mismo Ayuntamiento, incidentalmente, del Aula de la Memoria Histórica Convenientemente Retocada. El mismo que financia con dinero público homenajes a la Cuba castrista.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los españoles no leían: hablaban

La supervivencia del pueblo como unidad social y económica dependía de las malas carreteras y de la deficiente educación política. Es un factor significativo ya que afectaba a una gran porción de la población de España y porque las condiciones que le daban su fuerza persistieron hasta hace relativamente poco. Aislado del mundo exterior, el español precisaba de una vida social que llenase su intimidad, y la necesitaba así, en parte por constituir tema inagotable de conversación. Los españoles no leían: hablaban.[1] En los siglos XVIII y XIX la manifestación más destacada de la vida social era la tertulia, es decir, el grupo de amigos o conocidos que se reunía habitualmente por la tarde para conversar. Las Sociedades Económicas del siglo XVIII nacieron de una tertulia de vascos acomodados y todavía en el siglo XX la conversación sigue siendo el eje en torno al que gira la vida intelectual.[2] Cada fracción disidente del liberalismo tenía su epicentro en un velador de café. Los hombres públicos españoles del siglo XIX ponían en la discusión de las crisis políticas la misma minuciosidad sentida que pone una familia en debatir sus asuntos o la aldea en sus chismes.

1. "Se leen pocos libros" (Townsend, Travels, II, 154). Sin ánimo de agraviar a nadie, la escasez de libros en las casas acomodadas de España es asombrosa, y es que los españoles --que conste que no pretendo juzgarlos-- opinan que tienen algo mejor que hacer. No me extrañaría que buena parte de España pasara sin transición de la era sin libros a la era de la televisión, como los países de América del Sur.
2. En la excesiva importancia atribuida al intercambio verbal y al periodismo radicaba una de las principales debilidades de la vida intelectual española: la conversación era uno de los pilares de la obra de Ortega y Gasset.


Raymond Carr, España, 1808-1939. Barcelona: Ariel, 1968. Pp. 71-72

Me he tenido que reír con el amigo Carr. Algunas cosas, por lo visto, no cambian nunca. Al final, se nos va la fuerza por la boca y seguimos arreglando el mundo desde todas las cafeterías. Y si no, que me digan qué es este blog, y los de al lado.

domingo, 4 de octubre de 2009

Sevilla 2016

Quienes vivimos en Sevilla hemos tenido ocasión en las últimas semanas de asistir a una campaña en contra de la candidatura madrileña a ser sede olímpica en 2016 que no deja de resultar, cuando menos, reveladora. Según leo, el mismo logotipo se ha utilizado también en la propia capital, aunque en aquel caso la campaña tenía un sentido claramente distinto, y no es a eso a lo que voy ahora mismo. De hecho, no tengo datos suficientes para juzgar la conveniencia o no de que se hubieran llegado a celebrar allí las olimpiadas; personalmente, me habría gustado, pero ni me iba la vida en ello ni pensaba realmente que fuera a ser posible. También desde Cataluña (espero que se me perdona la ofensiva grafía elegida) se ha enarbolado este símbolo, aunque en esta ocasión con el típico "argumentario" político que ustedes podrán fácilmente imaginar y que tan cansino resulta ya.

Pero hoy me quedo en lo local. Lo que me ha resultado interesante de la campaña sevillana es todo lo que permite vislumbrar, respecto a esta ciudad, acerca de esa cosa que ha dado en llamarse idiosincrasia. Rasgos que quedan bien retratados y que, por lo demás, no dejan de ser endémicos y probablemente extrapolables al resto del país. La esencia del movimiento venía a ser un "a Madrid que le den, que nos robaron la candidatura olímpica". Toda una muestra de esa tendencia tan nuestra a despreciar cualquier valoración del esfuerzo y de la competición por lograr ser el mejor, en aras de una difusa y poca definida noción de lealtad que, a juzgar por lo que se oye últimamente, debe consistir en un equivalente pretendidamente adulto al clásico "yo me lo he pedido primen" de cuando nos disputábamos con nuestros hermanos el asiento delantero del coche. El mérito y el hacer las cosas bien, ya se sabe, están más bien desprestigiados. Poco o nada importa el que una candidatura sea mejor o peor o el que, en aplicación de la lógica más elemental, cualquier ciudad deba tener la posibilidad de optar a la candidatura si demuestra que está en mejores condiciones de preparar los juegos, sin deberle nada a nadie, y mucho menos un "respeto" así definido. Y desde luego, menos aún importa eso que llaman deportividad y que tanto valoramos en otros, pero que por lo visto no nos vemos obligados a encontrar en nosotros mismos. Que tengan buen perder los demás.

Es anecdótico, claro, pero a veces lo anecdótico resulta muy sintomático. No tiene importancia, probablemente, pero no deja de situarnos ante el espejo de nuestras tendencias más cainitas y del ombliguismo estructural de una ciudad incapaz de ver más allá de la Giralda. Una ciudad tan pueblo que sigue viviendo, a estas alturas, a la sombra del campanario.


Deportividad, madurez y buen gusto a partes iguales, 'miarma'.
(La imagen, obtenida en inicios.es)

viernes, 19 de junio de 2009

¿Enemigos íntimos?

La política municipal nunca deja de sorprender. Leo con cierta fascinación que hasta el colectivo teóricamente homenajeado muestra en esta ocasión su desacuerdo con el tipo de gastos sin sentido al que nos tiene acostumbrado el Ayuntamiento hispalense. Y encima andan firmando acuerdos con el Partido Popular:

Colega acepta un contrato-programa con el PP de cara a las elecciones de 2011

La pregunta clave es si esto será un hecho aislado --tan aislado como el caso de Gallardón-- o si forma parte de una nueva estrategia del PP para arrebatarle al PSOE una parte de su clientela más fiel. Una modernización del mensaje popular en este campo puede poner en peligro lo que los socialistas siempre han considerado un voto asegurado, como puede hacerlo el tímido desmarque del PP frente a la Iglesia que viene atisbándose desde hace un tiempo. Aunque no nos engañemos: no se trata de que de pronto vayamos a tener la derecha moderna y liberal que tanta falta haría en este país. Pero, con todo, habrá que seguir el desarrollo de los acontecimientos. La cosa puede ponerse interesante y quitarle al PSOE los clásicos capotes que tan socorridos le resultan para distraer la atención. Supongo que alguien habrá dado ya la voz de alarma entre los socialistas. O debería.

¿Imaginan ustedes un mundo en el que la aprobación del matrimonio gay deje de convertirse en la política única que justifica o contrarresta todo lo demás? Aunque lo más curioso de ese argumento es que a quien se le oye con más frecuencia es a la progresía heterosexual. La que no concibe que una determinada orientación sexual pueda no ir automáticamente asociada a una determinada etiqueta partidista.

(News flash para desinformados: hay hasta gays de derechas.)

miércoles, 17 de junio de 2009

La izquierda que subía impuestos a los ricos

Como de costumbre, las contradicciones de este gobierno que se hace llamar de izquierdas vuelven a saltar a los ojos de quien esté dispuesto a verlas. Ahora resulta que para alimentar un gasto descomunal destinado a maquillar durante unos meses las cifras del paro (véase el célebre Plan E) y para alimentar a la clientela (400 euros, cheques-bebé, portátiles regalados y demás ocurrencias), nuestros ilustres gobernantes deciden que es necesaria una brusca subida de los impuestos sobre el tabaco y la gasolina. Ante semejante panorama, se propone una señalar las incoherencias entre lo que este gobierno dice y lo que hace y no sabe ni por dónde empezar.

No, no se trata de ponerse neoliberales, ni el gasto público es malo en sí mismo, pero a una lega en economía le parece que sería conveniente que se utilizase con cabeza y que se tratase de inversión productiva y de infraestructuras, y no de poner columpios en los parques, que no está la cosa para andar derrochando. El empleo que se crea así es, en última instancia, artificial. Y, a la larga, no cambia nada, tanto como hablan de transformar el modelo productivo. ¿Se trata de transformarlo en un modelo basado en la subvención y la caridad? Si es eso, ya se empieza a entender mejor por qué se decidió empezar por Andalucía. De hecho, aquí no hay que cambiar nada: se trataría tan sólo de extender el modelo al resto de España. Ese modelo que se ha dedicado a dilapidar fondos europeos durante años. Eso sí, garantizando un voto fiel, que es lo importante. "La derecha no puede gobernar", ya se sabe.

Pero eso, al fin y al cabo, nos remite al eterno debate entre las políticas (más o menos) keynesianas y las (más o menos) ortodoxas, y no seré yo quien se meta en esa camisa de once varas. Sí que intuyo que, tanto en unas como en otras, cabe mirar más allá de los papeles y los dogmas y aplicarlas con sentido común, con un plan coherente y global en mente, y sin aspavientos del tipo "me he levantado esta mañana y mientras me tomaba el zumo de naranja se me ha ocurrido que esta semana vamos a jugar con las arcas públicas haciendo X, ¿a que mola?" Pero yo a lo que iba es a la repentina subida de precios de carburantes y tabaco.

Ya sabemos, claro, que ambas cosas son pecado. Y dado que, según parece, la socialdemocracia realmente existente (aquí) ha decidido que es su deber histórico ejercer de Papá Estado --a mí esto me recuerda al paternal Generalísimo, qué quieren que les diga--, no es de extrañar que vele por la salud de nuestros pulmones y por la limpieza de nuestro aire. Pero eso sí, no nos confundamos: los que han de mantenerse sanos por decreto gubernamental, los que deben asegurar que el aire de las ciudades se torne repentinamente prístino, son los de siempre. Como de costumbre, pagan los mismos: no ya un proletariado inexistente como tal, pero sí desde luego las clases bajas y las medias.

No estoy diciendo nada nuevo, claro: es algo tan sencillo y tan antiguo como que los impuestos directos son más redistributivos, más igualadores, más "de izquierdas", que cualquier impuesto indirecto. No digamos ya cuando el impuesto indirecto en cuestión experimenta una subida tan súbita, siendo (como lo es) una carga sobre productos que, de primera necesidad o no, son de consumo diario y constante. Uno puede prescindir del tabaco, claro, pero el caso es que eso es una decisión personal (¿les suena aquello de la libertad individual?) en cuya dirección se va a presionar a los de siempre. Por una subida de 35 céntimos, está claro que quien cobra 5000 euros al mes no se va a ver abocado a abandonar el pitillo. Y digo yo que además, con la que está cayendo, podrían dejarle al menos al personal el consuelo del cigarrito de media mañana. Y del de después, que es el más importante de todos (aunque parece ser que, en esos momentos post-coito, la pastilla se considera más saludable que el cigarro).

No digamos ya la gasolina: promovamos el transporte público. Pero no mejorando su calidad, comodidad, frecuencia de paso y fiabilidad; eso sería absurdo. Si el ciudadano sevillano tiene que estar 27 minutos esperando el metro, que espere. No nos vamos a poner ahora a proporcionar un servicio digno. Mucho más sencillo es decretar una subida del precio de los carburantes que obligue a quienes estaban al filo de la navaja a perder el tiempo necesario cada mañana yendo al trabajo. Si es que siguen teniendo trabajo, claro. De paso, la vía pública se queda más despejada para los coches oficiales, que hay que ver lo que se tarda cada mañana en llegar de casa al Ayuntamiento, con tanto vehículo malvado y contaminante por ahí, empeñado en entorpecer el paso. ¿Que la subida de la gasolina va a provocar, por otra parte, una subida del resto de productos? Bueno: así casi parecerá que hay actividad económica, que el dinero se mueve, que la gente se anima y por eso suben los precios. No hay mal que por bien no venga y, total, nosotros seguiremos llegando a fin de mes con la misma facilidad. Que en Moncloa se vive mu a gustito, la verdá.

Claro está que no se trata ni de preocuparse por nuestra salud (antes al contrario: lo que conviene es que la gente siga comprando tabaco, para que entre un poco de dinero) ni de edificar un modelo "más sostenible". Se trata, sencillamente, de que a base de medidas irresponsables y oportunistas nos hemos comido el superávit a una velocidad récord (porque, además, no lo olvidemos, no había crisis). Y algo habrá que hacer para paliar la falta de ingresos.

La carga, eso sí, sobre los hombros de los de siempre. Esta es la nueva izquierda, señores. Y que todavía nos quieran colar el cuento, vídeos mediante, de la oposición binaria entre izquierda y derecha tan nítidamente dibujada en los cartelitos electorales, mitad azules y mitad rojos.

Esta debe ser la anunciada subida de impuestos "a las rentas más altas".

Lo que realmente apetece, qué quieren que les diga, es soltar unos cuantos improperios.

viernes, 15 de mayo de 2009

Compañera del Imperio

Artículo aparecido originariamente en la revista mexicana Replicante.

Las promiscuas relaciones entre lengua y poder son de sobra conocidas. No en vano, un elemento clave en la construcción de los modernos Estados-nación europeos fue la homogeneización lingüística, llamada a convertirse en instrumento de cohesión. La patria de la Revolución es un caso paradigmático. A nadie extraña hoy que la única lengua oficial de Francia sea el francés, utilizado por todos sus habitantes en el ámbito educativo y en sus relaciones con la Administración, aunque haya regiones en las que se emplea el occitano, el provenzal o el bretón en las abundantes actividades de la vida de los individuos que tienen lugar al margen de las instituciones.

La Francia democrática y liberal no mostró reparo alguno en ejecutar esta política, cuyos resultados sólo cabe medir según parámetros prácticos y comunicativos —¿qué otra cosa pedir a una lengua? Aparte expansiones ultramarinas, el francés constituye hoy el indisputado patrimonio común de más de sesenta millones de habitantes y se halla plenamente consolidado como vehículo de comunicación. Tradicional tierra de acogida, Francia ha hecho de su lengua una herramienta de integración de inmigrantes, lo que por otra parte parece la única actitud sensata. Provoca escalofríos imaginar las secuelas de hipotéticas políticas de excepción cultural para minorías deseosas de preservar identidades: terreno abonado para la profundización del cisma entre autóctonos y recién llegados, la proliferación de guetos y el arraigo de concepciones tribales.

Para bien o para mal, el esquema anterior no es aplicable a España, donde tienen reconocimiento oficial varios idiomas regionales junto con el común. No es sorprendente esta peculiaridad, habida cuenta de las vicisitudes de la difícil y acaso incompleta construcción del Estado liberal español. La lucha sin tregua entre concepciones políticas contrapuestas, la inestabilidad gubernativa, la práctica inexistencia de una burguesía fuerte, la constante intervención del ejército en política y la notoria incapacidad del Estado a la hora de reemplazar a la Iglesia en sus esferas de influencia tradicionales dieron lugar a un convulso siglo XIX, al término del cual el Estado liberal era aún una quimera o, en el mejor de los casos, un infante que echaba a andar. Cogida tan sólo de refilón por los vientos históricos que soplaban en Europa y azotada por el golpe moral del 98, España entró en el siglo XX a trompicones y recorrida por múltiples fracturas. La historia que sigue es conocida y no sería precisamente la del afianzamiento del modelo liberal.

Según una interpretación excesivamente generalizadora pero gráfica, cabe aventurar que el Estado liberal no se consolidaría plenamente hasta el final del franquismo y el subsiguiente proceso de transición. Liquidada desde arriba la dictadura mediante una reforma pactada, alejados de nuevo los militares de la política y depurados los vicios del parlamentarismo canovista, los problemas y disfuncionalidades que afectan actualmente a España pueden ser graves, pero es otro su origen, es distinta su naturaleza y han dejado de resultar anacrónicos en relación con el referente europeo. Y, sin embargo, se asiste hoy a un conflicto entre la lengua común y las regionales que bien podría resultar incomprensible a un observador externo.

En esto como en todo, España es resultado de su historia y la sombra del franquismo es alargada. La reivindicación de las lenguas regionales debe mucho a una comprensible reacción a la política de primacía del español puesta en marcha por el régimen desde una visión esencialista —Una, Grande y Libre. En el caso catalán, la represión de la posguerra vino acompañada de los obstáculos impuestos a aquella lengua, que iban más allá de la simple falta de reconocimiento oficial por más que resulte patentemente falsa la propagada idea de que el catalán “estaba prohibido”. Con todo, es paradójico que una dictadura autoritaria y reaccionaria desplegase una política lingüística en cierto modo semejante a la de los Estados de tradición liberal. En cualquier caso, el resultado último fue el reconocimiento oficial de los idiomas regionales como parte de los necesarios consensos de la transición.

Nada de ello es motivo para alarmarse. Antes al contrario: sea o no lo habitual en otros países europeos, el reconocimiento de más de un idioma oficial en las regiones bilingües ofrece a sus ciudadanos una encomiable posibilidad de elección. Por no hablar de que, hacia 1975, habría resultado anacrónica, amén de probablemente inviable y difícilmente deseable, una construcción nacional al estilo decimonónico. Distinto es que quienes todavía hoy esgrimen como argumento la marginación franquista del catalán no se dignen garantizar a los ciudadanos la posibilidad de escolarizar a sus hijos en español. Las tornas han cambiado, pero desde la óptica nacionalista no hay nada nuevo bajo el sol. Franco lo sabía, y ya lo había advertido siglos antes Nebrija: siempre la lengua fue compañera del Imperio.

martes, 7 de abril de 2009

No es eso, no es eso

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martes, 24 de febrero de 2009

Perlas

Democracia y capitalismo son incompatibles.
Cayo Lara
Esto no debería sorprender a estas alturas a nadie, pero desde luego no deja de ser un objeto de estudio potencialmente fascinante este de la democracia según IU y demás sujetos añorantes del socialismo real y otros inventos.

Mejor aún, sin duda, es su definición de barbarie:
Pero eso vino después de su ataque sin matices a "la barbarie": la "economía de casino" que rige el mundo y España.
¿Qué esperaban? Algunas cosas no cambian nunca. Estamos ante esa casta capaz de simpatizar con la teocracia iraní porque molestaba a los yanquis; de considerar al Che un amable luchador por la justicia, romántico empedernido; y de ver en Hamás a unos firmes defensores de la libertad.

Todo eso debe ser civilización, y no lo que tenemos aquí.

No estaría de más, por cierto, pedirle su opinión a Santiago Carrillo. Aunque igual ya es un facha.

jueves, 19 de febrero de 2009

Proselitismo ateo

Una de las tendencias más molestas de buena parte de los grupos religiosos ha sido siempre su afán por convertir a los infieles a sus verdades reveladas. Aparte de haber servido de justificación ideológica al poder para emprender acciones no siempre puras y alabables en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, el proselitismo religioso suele constituir cuando menos una fastidiosa intromisión en el ámbito de unas convicciones individuales en las que nadie tiene por qué meterse. Independientemente de lo cómico que puede resultar desde una mirada cínica y descreída, lo cierto es que en última instancia es casi indignante la voluntad de algunos de decirles a los demás lo que tienen que creer, máxime cuando se trata de cuestiones para las que no hay prueba empírica alguna.

En los últimos tiempos asistimos a una curiosa vuelta de tuerca en este ámbito, habiéndose producido una especie de "salida del armario" de ateos y/o agnósticos que proclaman un derecho a la visibilidad hipotéticamente reprimido o, si se quiere, autocensurado. Es altamente probable que al decir esto me gane las iras de buena parte de las personas con las que comparto [des]creencia, pero el caso es que no acabo de comprender campañas como las de la A atea de la campaña OUT encabezada por el celebrado Dawkins. De un lado, por un reparo que muchos calificarían de meramente estético: mi habitual alergia a las etiquetas hace que no vea grandes diferencias entre llevar una camiseta con la elegante A estampada y llevar un pin del Ché Guevara. De otro, porque me parece vislumbrar en el fondo de este movimiento una caída en ese gregarismo que constituye una de las caras más negativas de toda religión, así como una presunción de afinidad entre descreídos en la que subyace una especie de unidimensionalidad que no tiene poco de posmoderna.


La última acción en esta línea, como se sabe, ha sido la de los autobuses ateos que ya pueblan las calles de algunas ciudades españolas. Vaya por delante que no sólo no niego, sino que defiendo enérgicamente, la legitimidad y el derecho que asiste a quienes impulsan esta campaña. Lo cierto es que incluso me parece una iniciativa simpática y que probablemente me despertaría una sonrisa el ver pasar un autobús de estos. Y sin embargo no termino de compartirla, quizá porque la teórica racionalidad que en principio debería caracterizar a los ateos (primer error, claramente) no parece encajar demasiado bien con una iniciativa de este tipo. Personalmente, no veo ni la necesidad ni la utilidad de caer en los vicios de los grupos a los que siempre he criticado; ni siquiera veo la necesidad ni la lógica de considerarme parte de un "grupo" social constituido por el conjunto de los descreídos, con quienes a menudo no tendré nada en común más allá de esa falta de creencia en un ser superior. Ni falta que hace, por cierto. Y qué decir de la mentalidad adolescente a la que todo esto recuerda levemente: esa voluntad de épater les bourgeois, pretendidamente rebelde y revolucionaria, que tan bien sienta a determinadas conciencias y tan escaso efecto tiene sobre el mundo real. ¿O acaso alguien cree realmente que esos carteles van a convencer a los creyentes de que deben abandonar su fe, por irracional que sea ésta? En última instancia, reconozcámoslo, esto sirve para poco más que para divertir a los propios escandalizando a los ajenos.

Lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué tener nada de malo. Pero no lo disfracemos de otra cosa.

lunes, 9 de febrero de 2009

El principio del fin de la autarquía (1947-1953)

Hace ya algún tiempo hablé aquí del crucial año de 1947, en el que empezaron a cambiar las tornas para el régimen de Franco y su situación en el mundo exterior. Este post debe considerarse una continuación de aquel.

Los acuerdos que permitieron la instalación en España de las célebres bases americanas contra las que todos los años sigue habiendo manifestaciones se firmaron en 1953, pero resulta evidente que aquello no sucedió de la noche a la mañana. En efecto, entre 1947 y 1953 se produciría el viraje de Estados Unidos, cuya política hacia España habría de cambiar sustancialmente en un proceso del que el Pacto de Madrid sólo sería la manifestación más tangible. Al margen de las tan manoseadas consideraciones morales, las consideraciones estratégicas de la Guerra Fría jugarían en estos años en beneficio del régimen de Franco, contribuyendo a su legitimación en la escena internacional. A medio y largo plazo, todo ello habría de tener efectos muy palpables sobre la economía española: a finales de la década de los cincuenta, esta entraba en una nueva etapa merced al Plan de Estabilización, que sentó los cimientos de una importante --aunque relativa-- apertura económica. Paradójicamente, los efectos de aquellas medidas contribuirían a consolidar el régimen en el interior, pero sentarían al mismo tiempo las bases de un desarrollo económico que en última instancia terminó por generar unas condiciones sociales que harían poco probable su perduración más allá de la vida de Franco.

En este largo camino, los años de 1947-1953 señalan el principio del fin de la autarquía.

Pero vayamos por partes. En 1946, la Asamblea General había dictado contra el régimen franquista sanciones de carácter económico; apenas un año más tarde, no sería capaz de reunir la mayoría suficiente para reafirmar sus recomendaciones. Entender las razones de tal cambio implica examinar lo sucedido en ese lapso de tiempo en la situación internacional mundial y muy especialmente en lo que respecta a la política exterior de Estados Unidos.

En efecto, habiendo ya dado muestras de un cambio de actitud países europeos como Francia y Gran Bretaña, será a partir de octubre de 1947 cuando los Estados Unidos hagan gala de un viraje más notable aún en su política hacia España. A finales de aquel mes la Oficina de Planificación Política publicaba un amplio informe en el que, entre otras cosas, se afirmaba lo siguiente:
El resultado neto de la política actual ha sido el siguiente:
1. Fortalecer el régimen de Franco
2. Impedir el restablecimiento económico de España
3. Operar contra el mantenimiento de una atmósfera amigable en España, para el posible caso de un conflicto internacional
A partir de esta constatación se perfilaba un plan de acción para normalizar las relaciones con España y relajar la política estadounidense hacia el régimen. Junto con esta actuación bilateral e independiente de las consideraciones de otros países, la política estadounidense se dispondría a partir de este momento a actuar en el mismo sentido normalizador en el propio contexto internacional. Esta actuación sería, en principio, fundamentalmente económica:
La eliminación de las medidas restrictivas oficiales debe hacerse en el menor tiempo posible, mediante la apertura del comercio privado y la posibilidad de una asistencia financiera para la rehabilitación de la economía.
Este cambio sustancial se inserta dentro del diseño general de la política exterior americana en los momentos en los que comenzaba a perfilarse la inevitabilidad de la Guerra Fría. En efecto, si en virtud de la Doctrina Truman los Estados Unidos asumían el liderazgo del free world y la responsabilidad de dirigir sus esfuerzos a la contención del comunismo, su política hacia España tenía que cambiar. Dos consideraciones impulsarían este cambio: de un lado, la posibilidad de que propiciar la caída de Franco abriese las puertas a la inestabilidad dentro del país y por ende a la infiltración comunista; de otro, la situación geoestratégica de España, en virtud de la cual cualquier influencia soviética en la Península Ibérica habría supuesto el control ruso del Estrecho. Fue el estamento militar estadounidense el primero en hacer estas apreciaciones y en asumir la necesidad de acercarse a Franco para hacer frente a la amenaza soviética; frente a esta actitud, el Departamento de Estado seguiría pensando durante un tiempo en el objetivo de derribar el régimen. Sin embargo, como suele ocurrir, las consideraciones de carácter realista se impusieron y terminaron por confirmar en sus principios esenciales la teoría franquista de que en el contexto de la Guerra Fría una espera paciente habría de abocar necesariamente al acercamiento de las potencias occidentales a una España que se autorretrataba como bastión anticomunista.

Con este viraje tocaba a su fin el aislamiento del régimen y se iniciaba una nueva etapa que habría de traducirse en una sucesión de rápidos cambios en la economía y en la posición internacional del régimen. El acercamiento de Estados Unidos, que se vería intensificado por el progresivo empeoramiento de la situación mundial en los últimos años de la década de los cuarenta, se materializó en visitas oficiosas de senadores, militares y financieros estadounidenses entre 1948 y 1949. En mayo de este último año, el National City Bank concedía un crédito de 25 millones de dólares para la compra de productos alimenticios. Ese mismo mes, el Herald Tribune recogía unas declaraciones del Secretario de Estado Dean Acheson:
Sobre la cuestión de las relaciones económicas la política norteamericana está determinada por consideraciones económicas y no políticas. España es libre de apelar al Import-Export Bank sobre las mismas bases que cualquier otro país.
El régimen no se acogió inicialmente a esta oferta, posiblemente porque las condiciones de préstamo resultasen aún inaceptables para un país sumido en plena autarquía. Sin embargo, el 1 de agosto de 1950 el Congreso aprobaba la concesión a España de un crédito de 62,5 millones de dólares destinado a fines específicos:
Para tener derecho al empréstito de los Estados Unidos es necesario demostrar que cada proyecto constituye una contribución considerable a largo plazo para la economía española. Se están concediendo créditos, en la medida de lo posible, y proyecto por proyecto, a las empresas españolas.
Estas "contribuciones considerables a la economía española" habrían de ser fundamentalmente de dos tipos, a saber: producción agrícola para consumo interior y exportación; y producción de minerales según los fines del programa norteamericano de minerales estratégicos. Se aunaban así dos objetivos clave y complementarios: mejorar la situación en la que vivía la población española y hacer frente a las necesidades estratégicas que imponía el contexto internacional.

Los préstamos estadounidenses y, en general, el cambio de actitud de la superpotencia hacia el régimen tuvieron un efecto catalizador sobre la economía española, sumándose en 1951 a las diversas ayudas americanas una serie de acuerdos comerciales con Pakistán, Suecia y Noruega. Precisamente este año marca una divisoria en la evolución de la economía española, observándose a partir de este momento un notable cambio de ritmo en la evolución de la Renta Nacional, que preludiaba una década en la que la producción habría de crecer de manera muy considerable y en la que habrían de darse importantes cambios estructurales.

En efecto, en 1951 se deja atrás la etapa de reconstrucción, dándose así el primer paso en el camino que desembocaría unos años más tarde en el Plan de Estabilización. Así, el crecimiento de los años sesenta no puede comprenderse sin atender a las importantes transformaciones que tuvieron lugar durante la década de los cincuenta, en la que se produjo una primera ola de industrialización basada en la importación de bienes de equipo y en una protección comercial aún intensa, generando una acumulación de capital humano y una ampliación del mercado lo suficientemente amplias como para absorber la tecnología más sofisticada que habría de importarse en el decenio siguiente. La protección comercial obedecía a una política de sustitución de importaciones tendente a fortalecer el mercado interno; estas políticas, paradójicamente, tienden a generar una dependencia aún mayor del sector exterior, en la medida en que es éste el que abastece de nuevos inputs para el aparato de producción. Además, la sustitución de importaciones suele producirse a expensa de altos costes para el sector agrícola y el consecuente deterioro de la capacidad exportadora del país. En estos riesgos pudo caer España fácilmente a principios de los años cincuenta de no haber sido por la continuidad de la ayuda americana y por la aparición de un nuevo equipo ministerial que asumiría la necesidad de dejar atrás el camino de la autosuficiencia; ambos factores evitarían en última instancia el colapso de la capacidad exportadora, demostrándose así de nuevo la importancia de una ayuda estadounidense que atenuó las posibilidades de crisis derivadas de la política sustitutiva de importaciones.

Aunque el apoyo estadounidense supuso, en efecto, un balón de oxígeno para la economía española, el progreso que ayudó a propiciar se veía aún limitado por la persistencia de una política fuertemente intervencionista que mantuvo el desequilibrio presupuestario, la inflación y una disparidad aún notable entre la cotización internacional de la peseta y la fijada oficialmente. Por añadidura, la inflación, unida a la demanda de importaciones de carácter energético y tecnológico, provocó un desequilibrio considerable en la balanza comercial del país.

El acercamiento estadounidense a España dio pie también a los primeros pasos de la inserción de España en un contexto internacional del que había permanecido aislada y al que a partir de estos momentos comenzaría a asomarse tímidamente: entre 1950 y 1952 reanudaron relaciones con España 41 países; en 1951, se conseguía el ingreso en la FAO. Sin embargo, el interés de Estados Unidos en que el país participase de la vida internacional tenía un carácter más netamente estratégico que no se vio inicialmente satisfecho. La intención norteamericana de integrar a España en el sistema de defensa occidental había chocado con la oposición de Gran Bretaña y Francia, que se mostraron reticentes a la entrada del país en la OTAN. Aunque los Estados Unidos desistieron de este empeño específico, la Guerra de Corea supuso una intensificación de los esfuerzos estadounidenses por aprovechar la situación estratégica de la Península Ibérica. Las negociaciones --ya habrá ocasión de hablar de esto en otro momento-- no serían ni sencillas ni rápidas.

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Más información en:

GONZÁLEZ, Manuel-Jesús: La economía política del franquismo (1940-1970). Dirigismo, mercado y planificación. Madrid: Tecnos, 1979.
LLEONART ANSÉLEM, Alberto José: "El ingreso de España en la ONU: obstáculos e impulsos", Cuadernos de Historia Contemporánea, nº 17, 1995.
PEREIRA CASTAÑARES, Juan C. y MARTÍNEZ LILLO, Pedro A.: La ONU. Madrid: Arco, 2001.
PORTERO, Florentino: Franco aislado. La cuestión española (1945-1950). Madrid: Aguilar, 1989.
"La larga autarquía (1940-1959)", Bolsa: revista mensual de bolsas y mercados españoles, nº 157, 2006.

lunes, 26 de enero de 2009

Misiones de paz

Oigan ustedes, que las armas españolas no matan a nadie. Estaría bueno.


Arma socialista.

miércoles, 21 de enero de 2009

Obama y Zeta

Que sí, que nacieron el mismo día y con sólo un año de diferencia. Que los dos tienen dos hijas. Y que a ambos (ZP dixit) les encanta Borges.

Por lo demás, cualquier parecido es pura coincidencia:
We will not apologize for our way of life, nor will we waver in its defense.
Barack Hussein Obama, 20 de enero de 2009.

Contrástese con el pensamiento débil que tantos adeptos encuentra en nuestra socialdemocracia doméstica y, en general, en la biempensante progresía europea.

Ay.

martes, 13 de enero de 2009

La mística del poder (o el Triumph des Willens)

En todo el ámbito de la vida... En el ámbito de la vida, en el ámbito personal, en el ámbito del trabajo muy especialmente, no digamos en la tarea pública de dirigir un país, quiero a mi alrededor gente positiva, en la vida en general y en el trabajo. Gente positiva, gente que tenga el convencimiento de que puede conseguir las cosas, de que puede mejorarlas, de que puede transformar los vaticinios. Y se pueden transformar. Es decir, que crea en la voluntad y en la acción, y gente que confíe en este país.
José Luis Rodríguez Zapatero o la nueva meritocracia.

Quién quiere gente competente cuando todo se puede decir con una sonrisa. Y quién necesita datos, análisis o realidades cuando se pueden tener creencias.

A título de ejemplo.

sábado, 10 de enero de 2009

Allegro ma non troppo

Carlo Cipolla, acerca de la Edad Media:
En conjunto, [los nobles] contribuyeron a llenar Europa de prevaricaciones y violencias.
Como si esto no fuera suficiente, aguerridos y amenazadores pueblos extranjeros presionaban desde fuera, añadiendo violencia a la violencia y latrocinio al latrocinio. Los musulmanes presionaban desde el sur, los húngaros por el este y los escandinavos por el norte. Estos últimos eran tal vez los peores. Se ignora por qué y cómo empezaron sus sanguinarias incursiones, y por qué razones continuaron devastando Europa durante tanto tiempo. Ciertamente poseían una tecnología naval superior (...)
Y añade, a pie de página:
El pueblo vikingo, aunque primitivo, era en algunos aspectos bastante desarrollado. Un antropólogo norteamericano logró calcular el rotated factor index del desarrollo sociocultural de algunos pueblos primitivos. El rotated factor index para los vikingos es de 1,60, mientras que es de 1,73 para los aztecas, 0,99 para los hotentotes, 0,89 para los mafulu, 0,44 para los bosquimanos y 0,28 para los esquimales. Lo que pueda ser exactamente el "rotated factor index" sólo lo sabe el antropólogo norteamericano que lo ha inventado.
Recomendado queda, especialmente para aprendices de historiador (o de antropólogo).



Cipolla, Carlo M.: Allegro ma non troppo (Barcelona: Crítica, 2006).