sábado 17 de mayo de 2008
Franquismo sociológico
A DISTANCIA / ALFONSO LAZO
El Mundo, viernes 16 de mayo de 2008

Basta comparar la cartelería política de la Alemania nazi con los carteles de la Rusia estalinista para darse cuenta de la profunda semejanza que existe entre los regímenes de partido único y control social. Si borramos la hoz y el martillo de los soviéticos y la esvástica de los alemanes resulta imposible distinguir la propaganda de unos y otros. El franquismo, en su primera época, también imitaba la plástica de los estados totalitarios; luego, ya no hubo necesidad: se había convertido en un sistema que contaba con el respaldo pasivo de una mayoría de españoles cuya actitud era no meterse en nada siempre que hubiera sol, turismo y Rocío. Al régimen de Franco lo desmontaron entre unos pocos, entonces se sumaron las multitudes.

En aquellos tiempos alguien me decía: "Yo no me meto en política, así que nadie me va a meter en la cárcel. Hablo con mis amigos de lo que quiero, no doy conferencias, no escribo, leo pocos libros; qué me importa la censura. Soy funcionario y tengo un sueldo aceptable, mejor no correr riesgos con cambios de partidos y alternancia." Pero otros se ahogaban por falta de libertad. En 1970, a un profesor de la Universidad de Sevilla fueron a buscarlo en las aulas dos policías; el decano, que era un franquista confeso y una excelente persona, le echó un capote; la policía se marchó y el profesor continuó con sus clases. Hoy acaba de saber que en Andalucía existen listas negras y él está en una: no van a invitarlo más a dar conferencias eruditas a cargo de cierto organismo público. Una cosa parecida comentaba hace poco en este periódico el actor Roberto Quintana a quien desde el CAT avisaron: "Te hemos querido contratar, pero no daban permiso". Ahora, exiliado en Madrid, Quintana dice: "También estuve en una lista negra".

El franquismo controlaba mucho más que la cultura; intervino la economía entera. A imitación de la Italia mussoliniana existía el INI: empresas públicas ruinosas que la democracia cerró. Recientes estadísticas han puesto de manifiesto las enormes pérdidas que sufre la red de empresas dependientes de la Junta. El Observatorio Económico de Andalucía asegura: "Tenemos unas empresas públicas que asumen funciones de la Administración General sin que por ello esta última adelgace". Tampoco adelgazan los sindicatos. Con Franco eran sindicatos verticales: oficiales, obligatorios y subvencionados; nunca le montaron una huelga al Generalísimo. A Felipe González, Comisiones Obreras y UGT le organizaron tres, y otra a José María Aznar. ¿Podemos imaginar siquiera una huelga general contra el presidente Chaves? Que en Andalucía los sindicatos verticales, ahora llamados mayoritarios, apuntalen la política de la Consejería de Educación lo dice todo sobre el control de la Junta. Nunca hubo en España régimen más intervencionista que el de Franco. Salvo el andaluz, porque una cosa es la intervención de un gobierno en defensa de los débiles y otra distinta querer controlarlo todo, desde los Colegios de Arquitectos al Consejo Audiovisual. José Solís, dicharachero ministro de Sindicatos, era muy aplaudido cuando visitaba las fábricas. Una vez ante un grupo de trabajadores aseguró que en su cuenta corriente sólo tenía 25.000 pesetas. Me recuerda algo.

Los tics del lenguaje oficial de hoy traen cosas a la memoria. Según Manuel Gracia, portavoz del PSOE en el Parlamento andaluz, "el 99% de los militantes está de acuerdo con que Chaves siga, y no digo el 100% por aquello de la mayoría a la búlgara". El 99%: qué entenderá por mayoría búlgara mi amigo Gracia. La consejera de Salud tampoco se queda corta: "Las denuncias sobre las listas de espera serían legítimas si se hiciesen para mejorar la sanidad pública, no para erosionarla". Hace 40 años el régimen lo llamaba crítica constructiva. Como repetía el Caudillo, no debemos confundir libertad y libertinaje.
 
# Publicado por Irene a las 23:54 | Hay 4 comentario(s)
sábado 10 de mayo de 2008
La España plural y laica
o esta España mía, esta España nuestra... (lalala)
En medio de una crisis --perdón: desaceleración-- económica (*). En un momento en que el gobierno y el heroico juez Garzón han tenido a bien darse cuenta de lo que todos los demás ya sabíamos, y ANV ya no es "izquierda abertzale" sino sencillamente ETA. Cuando aquello que el general gallego llamaba "la pertinaz sequía" está lanzando a las diversas autonomías de España --perdón, del Estado Español-- unas a la yugular de otras. Con Ibarretxe aún amenazando con un referéndum ilegal y el gobierno paralizado ante las amenazas y apostando, cómo no, por eso que ellos llaman diálogo. Con la justicia gravemente atascada, el paro creciendo, los precios en aumento, y el nada menor perrito piloto de la financiación autonómica aún pendiente.

En mitad de todas las circunstancias descritas y recién iniciada una legislatura que promete ser difícil, parece ser que el gobierno ya ha decidido cuál va a ser el gran asunto de los próximos años: lo que ellos llaman avance en la laicidad del Estado.

El esquema se repite: tener entretenida a la oposición, que sin lugar a dudas entrará al trapo (en cuanto dejen de pelearse entre sí); situarse --mediáticamente hablando-- frente a lo más retrógrado de una Iglesia católica a la que ya se había amenazado con tomar represalias por "pedir el voto para el PP" (una cuestión de firmes e inapelables principios, como se ve); sacar partido del anticlericalismo emocional que en este país tanto se confunde con el laicismo y que tiene casi tantos adeptos como el sentimiento antiamericano; y aparecer como los grandes defensores de la separación entre Iglesia y Estado.

Claro que para ello habrá que obviar que Zapatero aumentó la financiación que recibe la Iglesia por parte del Estado y, lo que es más grave, que este nuevo avance laico es más que probable que no consista en retirarle privilegios a la Iglesia, sino en hacer concesiones similares a otras confesiones.

Por ejemplo, a las que --y esto ya no está feo, lo malo es lo de los obispos-- piden el voto para "partidos progresistas".

Viva pues el Progreso. O su reinterpretación progre, aunque nada tengan que ver una cosa y otra. Y si no, alguien tendrá que explicar qué definición se le ha acabado dando a la palabra progresista para que una entidad como la Junta Islámica la haga suya.

Que empiece el espectáculo. Y en cuanto a los verdaderos problemas, que inventen ellos, ¿no? Aquí, a lo nuestro, que es hacer la Revolución.

(*) - La imagen del primer enlace, vía La Buena Prensa

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# Publicado por Irene a las 9:51 | Hay 4 comentario(s)
jueves 8 de mayo de 2008
La lucha continúa


Iniciamos una nueva campaña. No apto para quienes carezcan de sentido del humor. Entren bajo su propia responsabilidad:

NO a Polonia



PD: Para aquellos lectores alejados del mundo estudiantil que no acaben de entender de qué va el tema, pueden aclarar sus ideas aquí o aquí o aquí o aquí.
 
# Publicado por Irene a las 0:37 | Hay 4 comentario(s)
viernes 2 de mayo de 2008
Dos versiones de la Raza
Raza (1942), aquella película de Sáenz de Heredia producida con apoyo del Estado franquista y basada en un libro que el propio Franco había escribo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, es sin duda uno de los documentos históricos más interesantes y curiosos que nos ha dejado el Franquismo. En más de un sentido, es también uno de los más divertidos, aunque sólo sea por lo burdo de las técnicas propagandísticas, bastante menos refinadas que las de ahora (o que algunas de las de ahora, porque ciertos vídeos de esos que circulan por Internet no está muy claro si estarían a su altura).

Quien más y quien menos sabe de la existencia de la que fue "la peli de Franco"; lo que parece ser menos conocido es el hecho de que existieron dos versiones de la misma. En efecto, uno de los ejercicios más reveladores que se pueden realizar en el análisis de Raza --que es tanto como decir del régimen al que pretendía legitimar-- es la comparación con su segunda versión. Espíritu de una raza, estrenada en 1950, no contiene respecto a la película original grandes cambios; a primera vista, de hecho, las modificaciones son casi imperceptibles. Sin embargo, existen, y aunque sean pequeñas son altamente significativas.

Oficialmente, según las explicaciones de Sáenz de Heredia, el cambio de título se hizo a petición de los empresarios argentinos encargados de su distribución en este país en 1950; la película fue enviada a Argentina con el nombre modificado y, a su vuelta a España, se puso en marcha un reestreno en el que se hacía uso del nuevo título y se introducían una serie de mutilaciones:
Se reestrenó, efectivamente, con ese título, que no me parece adecuado, ni tampoco las mutilaciones que a la película se le hicieron. Pero claro, eran para servir..., eran otros momentos.

Efectivamente, eran otros momentos. La nueva versión, impulsada no se sabe bien por quién, corrió a cargo de NO-DO, el nuevo organismo responsable de la propaganda cinematográfica del franquismo. Las escenas que se eliminaron fueron cortadas en las salas de montaje de este organismo, mientras que los cambios en los diálogos se disimularon haciendo un doblaje íntegramente nuevo para que no se notaran las diferencias en las voces. A los actores de 1941 no se les pidió su participación en este doblaje, que fue realizado por el equipo de dobladores de la Metro Goldwyn Mayer en Barcelona. Según el testimonio del hijo de José Nieto, a los actores se les diría más tarde que Franco nunca había estado satisfecho con la versión anterior.

A partir de 1950 no se exhibiría ninguna copia de la versión primera; es posible que el negativo original, que no ha sido localizado hasta el momento, se destruyese. Sin embargo, en 1993 la Filmoteca Española localizó una copia de nitrato de Raza, procedente de un cine ambulante. Se encontraba en muy mal estado, pero fue suficiente para comprobar la importancia de los cambios entre la película original y Espíritu de una raza. Se inició entonces la búsqueda en otros países, y en 1995 se localizó en la Filmoteca de Berlín, procedente de archivos de la UFA (Universum Film AG) que habían permanecido en la antigua RDA, el negativo íntegro de Raza.

Comprender las modificaciones que se realizaron requiere atender a los cambios en la situación internacional que se habían sucedido entre el estreno de Raza en 1942 y la segunda versión de ésta en 1950. No en vano, el estreno original tuvo lugar en un momento en el que tanto Franco como sus consejeros creían segura la victoria del Eje; con el desenlace final del conflicto --e incluso antes de este-- las circunstancias cambiaron, y Franco se transmutaría entonces en el más firme aliado de Occidente contra el comunismo.

Pese al maquillaje, las democracias internacionales someterían al régimen a aislamiento en un principio, por más que quepa preguntarse hasta qué punto esa actitud se llevó hasta sus últimas consecuencias La no inclusión en Naciones Unidas, la retirada de embajadores y, más tarde, la imposibilidad de acceder al Plan Marshall, dejaban al país en una situación que exigía la puesta en marcha de una nueva escenografía. Las manifestaciones de adhesión en la plaza de Oriente ante el aislamiento diplomático, la Ley de Sucesión e, incluso, el ofrecimiento de una división de soldados que Franco hizo a los Estados Unidos para luchar en Corea se enmarcan en esta reinterpretación del régimen, para el que tan providencial resultó la Guerra Fría. Los años cincuenta se inician con un acercamiento cada vez más claro del coloso americano a la España franquista. Ya a finales de los cuarenta había habido claras señales de que las relaciones mejoraban (la visita de una misión militar estadounidense, el préstamo de veinticinco millones de dólares, y el fondeamiento de la flota de los Estados Unidos en El Ferrol); y precisamente a partir de 1950, año en que se estrena Espíritu de una raza, la ONU levanta la condena al régimen y empieza a producirse su ingreso paulatino en organismos internacionales (la FAO ese mismo año, la OMS en 1951, la UNESCO en 1952), que culminaría con la entrada como miembro de pleno derecho de Naciones Unidas en 1955.

En en este marco en el que hay que inscribir los cambios que se realizaron en la segunda versión de Raza. Una de las primeras tareas consistió, obviamente, en eliminar o mitigar sus contenidos fascistizantes, presentes sobre todo en las referencias a Falange. Según Román Gubern, el mismo cambio del título a Espíritu de una raza sirve ya para atenuar las connotaciones fascistas, al introducir un término de origen religioso. Podría ser, pero, en cualquier caso, hay cambios mucho más palpables en este sentido. Sin ir más lejos, en los títulos de crédito de Espíritu de una raza, el espectador se encuentra con que estos se han eliminado en su mayor parte. Según Ferrán Alberich, este cambio se hizo con el fin exclusivo de introducir el nuevo rótulo explicativo: hubo que acortar los títulos de crédito porque la duración de los mismos venía limitada por la duración de la música. Sin embargo, esta explicación se desmiente sola, puesto que en esta segunda versión la banda sonora ya no es la misma: han desaparecido las notas del Cara al Sol que se oían al iniciarse los títulos de crédito de la primera versión.

No es ésta la única referencia falangista que se elimina: brillan por su ausencia los saludos fascistas y los gritos de ¡Arriba España!. Asimismo, se elimina la escena en la que dos soldados cantan en la trinchera una jota dedicada a la Falange --véase el vídeo--, y los planos de archivo de aviones bombardeando Bilbao. En el desfile final, desaparecen los planos del retrato de José Antonio y de los obreros colocando la imagen de Franco en las calles de Madrid tras la entrada de los nacionales.



Lo que antes era fascista ahora es firmemente anticomunista: el general comunista que acusaba a Pedro Churruca --el antagonista de la película-- de traición ya no le recrimina el no ser un auténtico antifascista sino un auténtico comunista. Este cambio en particular es la síntesis de todos los restantes: así, el bando nacional ya no es fascista y el gran enemigo, a su vez, queda reducido al comunismo.

La insistencia anticomunista es, de hecho, muchísimo más evidente en esta nueva versión. El rótulo nuevo que se le coloca a Espíritu de una raza reza así:
La historia que vais a presenciar no es un producto de la imaginación. Es historia pura, veraz y casi universal, que puede vivir cualquier pueblo que no se resigne a perecer en las catástrofes que el comunismo provoca.
Esto sirve, en la reescritura de la Historia que acompaña al lavado de cara de régimen, para presentar la guerra civil, en el contexto de la Guerra Fría, como el primer combate contra el comunismo, haciendo aparecer al Franquismo como precursor o visionario de la lucha de la posguerra.

En esta línea, hay también algunos cambios menos perceptibles pero no menos significativos. En el juicio de José, lo que en Raza era una acción vil y antiespañola se designará con el nombre mucho más politizado de revolución española, que remite claramente al comunismo. Asimismo, en su discurso final, Pedro Churruca ya no habla de materialistas sordos u hombres huecos, sino de comunistas bárbaros y ateos.

La cosa no queda ahí, puesto que para acercarse del todo a los fines perseguidos era necesario eliminar a su vez a otros enemigos: los que ahora se quería que fueran amigos. Se echan en falta, por tanto, las alusiones a la masonería en las escenas referentes a la Guerra de Cuba. Y por supuesto, ha desaparecido el papel que desempeñaban los Estados Unidos como potencia extranjera instigadora de la pérdida colonial.

Si no la han visto, no se la pierdan. Y si pueden comparar, mejor aún.
 
# Publicado por Irene a las 20:04 | Hay 3 comentario(s)
sábado 12 de abril de 2008
Uno: el brikindans
El debate sobre los nombres de calles que hacen referencia a personajes del franquismo es complejo, y nunca había sido intención de quien escribe entrar en él, por las múltiples aristas que presenta y por la propia incapacidad para formarse una opinión tajante al respecto. Sin embargo, un rápido buceo por las noticias del día no deja otra opción, siquiera sea por aquello de dar una apariencia de seriedad a esta entrada inspirada por una mamarrachada más de cuantas a diario protagoniza la llamada clase política de este país aún conocido como España.
En tanto en cuanto se considera que dar el nombre de alguien a una calle constituye un homenaje al personaje en cuestión, en principio el asunto parece admitir poca discusión: a cualquier demócrata le parecerá inadmisible caminar por una calle que lleve el nombre del Caudillo o de cualquiera de sus colaboradores. El problema, como siempre, es que las cosas no son necesariamente tan sencillas.
De un lado, y entra aquí la deformación profesional (preprofesional, más bien), porque los nombres de las calles son también Historia. Historia viva, si se quiere. Quitar todos los rótulos franquistas no va a borrar cuarenta años de nuestra Historia, por más que algunos parezcan empeñarse en ello. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, y a veces una se pregunta si es mejor o peor tener de ello un recordatorio. A ningún historiador --a nadie, en realidad-- debería escapársele lo mucho que nos dicen los nombres de nuestros espacios públicos sobre nuestro pasado: no sólo sobre la época en que vivieron los personajes, ideas o lugares que aparecen en los azulejos, sino también y muy especialmente sobre el momento en que se pusieron. Valgan como ejemplo aquellas avenidas bautizadas en conmemoración de los XXV años de paz tan celebrados por el Régimen--y no sólo: no olvidemos lo mucho que le gustaba esa paz a Víctor Manuel--, de las que ignoro si quedará alguna; pero también las infinitas vías de nombre más reciente, las de la Constitución o, más pintorescamente, las avenidas de la Mujer Trabajadora o las calles Asociación de Vecinos (no me lo estoy inventando). Y sin tanto tinte sociológico --pero también--, el hispalense Parque de María Luisa, que como cualquier sevillanito de a pie debería saber lleva ese nombre por algo. El caso es que cuando uno pasea por Sevilla puede preguntarse aún por qué esos jardines se llaman así, o qué importancia tuvieron en su días las asociaciones de vecinos para llegar a darle nombre a una calle (dejando aparte aquello de que el santoral y el repertorio se agotan). Pero ya no tendrá ocasión de interrogarse acerca de esa avenida que a una servidora siempre le suscitó de pequeña una enorme intriga, y que sólo años después --cuando ya no existía, o no como tal-- acertó a desentrañar: Héroes de Toledo, se llamaba. La avenida en cuestión hoy lleva el nombre de Hytasa: Hilaturas y Tejidos Andaluces, S.A. Ante esto, me concederán que las dudas que aquí presento sobre lo que ganamos con el cambio son cuanto menos legítimas.
El otro problema, como suele ocurrir, es el de los límites. O el de los criterios. Hay casos evidentes, las avenidas del Caudillo y otras semejantes. Pero poco después empieza la confusión, y empieza precisamente porque la Historia está ahí y porque no hay manera de borrarla. Porque un hombre como Adolfo Suárez era quien era antes de ser quien todos recuerdan. Porque los alcaldes de cuarenta años de dictadura obviamente no fueron democráticamente elegidos, pero tal vez pese a ello fueran buenos alcaldes, o no lo fueran malos, o qué sé yo. Porque hay ediles socialistas con un historial en Falange. O desde otra óptica, porque está muy bien condenar sin paliativos a los líderes del alzamiento, pero qué me dicen ustedes de personajes como Largo Caballero y su apología de la Guerra Civil. Un botón como muestra de lo que podría convertirse en una lista interminable y en un debate estéril y agotador. Tengo familia en la calle Carlos Marx, que a muchos podría no hacerle gracia, imagino.

En fin, lo que al menos sirve de consuelo es saber que nuestros políticos mantienen vivo el interés por analizar con rigor todas las espinosas cuestiones que suscita este asunto, y que al menos cuando se cambien los nombres se hará desechando lo que fuimos por un reflejo fiel de lo que somos: bienvenidos a la calle Chiki-Chiki.

Lo que les decía. Historia viva.
 
# Publicado por Irene a las 0:26 | Hay 9 comentario(s)
jueves 10 de abril de 2008
El referente europeo (I): España y la idea de Europa hasta la Guerra Civil
Las estadísticas nos dicen que España, a día de hoy, es uno de los países más europeístas del continente. Al fin y al cabo, ya se sabe que íbamos a ser "los primeros con Europa". Al margen de aquel desastre, lo cierto es que en pocos países goza la idea de la construcción europea de tan buena fama como tiene en España, quitando algunos grupúsculos situados por lo general en los extremos del espectro político. En el imaginario colectivo español, el referente europeo no deja de ser un referente de todo aquello que es moderno, señal de progreso y ejemplo de todo aquello que sería deseable. Sin embargo, este lenguaje político es a la vez viejo y nuevo: viejo en que sus orígenes se remontan bastante atrás; nuevo en tanto en cuanto --y esto es lo extraordinario-- forma parte, ahora sí, de un consenso básico compartido --en mayor o menor medida, con mayor o menor entusiasmo, desde un mayor o menor conocimiento de causa-- por un porcentaje muy alto de la sociedad española. Como ocurre con la construcción de otros referentes simbólicos tendentes a conseguir un cierto grado de cohesión (otros dirían reconociliación) nacional, este cambio parece fraguarse entre los grupos de oposición del tardofranquismo y por parte de las clases dirigentes durante los años de la Transición y los primeros gobiernos democráticos. Resulta, pues --aunque a los pipiolos se nos olvide a menudo-- que no siempre estuvo ahí.
De hecho, una idea recurrente de la cultura política española contemporánea ha sido --y sigue siendo-- la del retraso del país frente al resto del continente europeo y su incapacidad para adaptarse a las tendencias predominantes en este. Esta percepción, fuente de tantas amargas quejas de que seguimos siendo África, con frecuencia vino en el pasado acompañada de una voluntad de aislamiento o recogimiento con respecto a Europa. Este retraso, que sólo en parte es legendario --pues todo tópico tiene un fundamento real-- se ha explicado en ocasiones aludiendo a la expansión extraeuropea de España como factor causante de su despreocupación por los asuntos del continente. Así, la atención dedicada desde la Edad Moderna a las colonias americanas habría propiciado una tendencia española, manifiesta hasta hace escasas décadas, a mantenerse al margen del orden europeo. A este análisis viene a sumarse un cierto determinismo geográfico, que ve en España un área fronteriza en virtud de su situación periférica respecto al núcleo del continente, convirtiendo a la Península en una zona predestinada al aislamiento, una especie de espacio difuso situado entre África y Europa, sin llegar a ser claramente ninguna de las dos cosas. La idea no es sólo española: un viajero europeo del XIX como Gautier sentenciaba a mediados de aquel siglo que la Península, que linda con África, como Grecia con Asia, no está hecha para las costumbres europeas. Y remachaba, no sin cierto sentido del humor: con más de treinta grados de temperatura, las constituciones se funden o estallan.
Aunque no es del todo descartable ninguno de los factores explicativos apuntados –y la Historia a menudo es demasiado compleja como para pretender reducirla a una mera sucesión de causalidades claramente delimitadas–, es posible que haya que atender a otras circunstancias para comprender mejor la tendencia española al ostracismo –matizable, por otra parte– en lo que respecta al marco europeo. En efecto, otras interpretaciones sostienen que, más que de estos factores, el retraimiento español respecto a Europa fue consecuencia de la decadencia sufrida por el país desde mediada la Edad Moderna, y muy marcadamente ya a partir del siglo XVIII. El hecho real de esta pérdida de peso específico y el impacto psicológico de dos siglos de guerra se unirían así a la forja por parte de las potencias competidoras de la célebre leyenda negra que convirtió a España, según Sánchez Albornoz, en la gran calumniada de la Historia. Por otra parte, Europa nunca tuvo una consideración especialmente positiva entre los españoles. Crespo MacLennan apunta que para España Europa fue, primero, una serie de provincias a las que gobernar, luego, un campo de batalla y, finalmente, el lugar donde vivían sus enemigos.
Entrando en la Edad Contemporánea, es necesario señalar que el retraimiento con respecto a Europa no fue total en el siglo XIX. De hecho, los avatares y las idas y venidas de la construcción –que a la postre cabría calificar de defectuosa– del Estado liberal en España no sólo no son ajenos a lo que estaba ocurriendo en Europa, sino que en buena medida tienen en el referente europeo un eje principal. En efecto, la lucha decimonónica entre valores liberales y tradicionalismo presenta un grado importante de identificación con lo que en suma habría sido una pugna entre el ideal de la europeización y la aspiración de conservar las más puras esencias españolas frente a esta invasión extranjera que era la modernidad. Se mire por donde se mire, y al margen de los resultados finales, las corrientes que se enfrentan sin darse tregua durante buena parte del siglo español no son otras que las que estaban en lucha en prácticamente todo el continente.
En cualquier caso, lo cierto es que desde tiempos de los Reyes Católicos, la construcción de la identidad nacional española vino en buena parte marcada por la identificación del catolicismo como el más importante elemento aglutinante en las etapas iniciales de la formación del Estado-nación español. Así, ser buen español equivalía a ser buen católico, ecuación que el liberalismo español no alcanzó nunca a deshacer. En este sentido, el fracaso del Estado moderno en la construcción de un discurso identitario se vio reforzado por un uso inadecuado de la enseñanza como instrumento para la forja de ciudadanos. Dejada esta en manos de la Iglesia católica, la construcción de la identidad resultó siempre incompleta y sustituyó la creación de una conciencia ciudadana por la de una comunidad de creyentes.
Si a esta circunstancia se suma el impacto de la Guerra de Independencia, se comprende bien la pugna nacional entre los partidarios de una modernización a la europea y los valedores de la identidad católica tradicional de los españoles. En efecto, ya para finales del siglo XVIII el influjo de la Ilustración había convertido en asunto esencial del debate político el centrado en la conveniencia de adaptar las instituciones y la vida política nacionales a las predominantes en el resto de Europa. Las diversas percepciones de las ideas ilustradas, que eran vistas por algunos como la panacea para el progreso civilizado y por otros como una amenaza herética venida del extranjero, vendrían a reforzarse a partir del enfrentamiento bélico y la victoria contra las tropas invasoras francesas. El apoyo de los afrancesados al gobierno bonapartista vendría a la postre a reafirmar entre los grupos más tradicionalistas la convicción de que la modernización europeizante defendida por algunos constituía una traición a lo español.
El desastre del 98 vino a agudizar el enfrentamiento entre "casticismo" y "europeísmo" en un momento histórico en el que una España decadente buscaba ansiosa recetas para su regeneración. El duro golpe que supuso para la conciencia nacional la pérdida de las últimas posesiones coloniales fue para algunos intelectuales un revulsivo que les llevaría a buscar una cura a las enfermedades de un país abatido y decadente, discurso este último que vino a ser el predominante tras producirse el desastre. Pero no toda la intelectualidad miraría hacia Europa como forma de sacar al país de su abatimiento; en efecto, en las disputas intelectuales de principios del siglo pasado volverían a enfrentarse la percepción europeísta y la casticista, tal vez ahora intensificadas por la premura de encontrar un remedio para una España doliente.
El proyecto de europeización de Joaquín Costa hay que entenderlo en este contexto. En realidad, su idea de una catarsis fundamentada en la europeización del país se remontaba a los últimos años del siglo XIX, algo antes de producirse la debacle del 98. Sin embargo, será a partir de este momento crucial para la conciencia colectiva cuando Costa dé rienda suelta al proyecto en un "Mensaje y Programa de la Cámara Agrícola del Alto Aragón" publicado en El Liberal el 13 de noviembre de 1898. En este texto se recoge un programa de reconstitución y europeización de España, que tras semejante desastre debía proceder una total rectificación de su historia: era necesario fundar de nuevo España. A partir del desastre, la europeización aparecía como una necesidad acuciante intensificada por la conciencia vívida de una aceleración del tiempo histórico que hacía más necesario que nunca el salto hacia la modernidad, identificada con todo lo que representaba Europa. Ante la temible perspectiva de una africanización, era necesario
[...] lanzar al país, sin reparar en temeridad de más o de menos, no ya a gran velocidad, sino a una velocidad vertiginosa, con la esperanza, siquiera remota, de alcanzar en su carrera a Europa y de brindar un consuelo en los pocos años que le quedan de vida a la generación actual [...]
La mayor de las batallas aún no la hemos perdido; la estamos perdiendo. Vivimos aún en pleno Cavite y en pleno Santiago de Cuba. Todavía se admite diferencia entre nosotros y Marruecos; pero dentro de poco, si nuestro letargo se prolonga, Europa nos mirará desde tan lejos que ya no advertirá diferencia, clasificándonos a las dos como tribus mediocres, estorbo en el camino de la civilización [...]
[Se trata de] rehacer o refundir al español en el molde del europeo.
Frente a esta percepción de lo europeo como solución al problema español se situaría la de Ángel Ganivet, articulada en torno a una metafísica tradicional del alma española. En Ganivet la mirada se volvía hacia el interior, hacia el misticismo que para él constituía lo esencial del carácter español. La religión española se contraponía así a Europa, que el autor identificaba con el ansia egoísta de apropiación, el materialismo anti-humano y anti-natural; el espíritu moderno, en cuyo fondo anida el mercantilismo más despiadado, que se va apoderando, como la enfermedad verdaderamente para la muerte, de todo lo que toca, destruyéndolo como el caballo de Atila, sin dejar nada con vida a su paso. La España de Ganivet se oponía radicalmente a la civilización europea, que en última instancia se vería forzada a recurrir a los españoles para que estos le mostrasen la fuerza moral y espiritual de la España eterna, virgen y madre.
En ningún lado como en la disputa entre Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset es tan evidente la confrontación a principios del siglo XX de estas dos visiones polarizadas de lo que necesitaba España para sanarse. En efecto, Unamuno fue portador de un discurso que entroncaría en buena medida con el de Ganivet, centrado como estaba en la españolización como cura. Aunque en sus primeros escritos el literato se decantaba por una apertura de España a las influencias europeas, terminaría por dejar atrás estas convicciones en virtud de la identificación de la civilización europea con una mentalidad dogmática excesivamente centrada en el cientifismo y en lo material. Oponiéndose a los modernizadores europeos, Unamuno proclamaría que cuanto más pensaba en la cuestión mayor repugnancia sentía hacia los principios fundamentales del espíritu europeo moderno, la ortodoxia científica y sus métodos y tendencias: declarando que él no se sentía ni europeo ni moderno, atribuiría el hecho a una incapacidad intrínseca de los españoles, derivada de su profunda espiritualidad, para integrar en su mentalidad colectiva los conceptos de la modernidad europea. El alma nacional del español estaría representada en la figura literaria del Quijote, con su idealismo y su fe utópica en la inmortalidad, creencias que constituían el único consuelo posible para los españoles y que se veían amenazadas por el racionalismo importado de Europa. ¡Que inventen ellos!, sentenciaría ante quienes habían convertido la tecnología y la ciencia, el mundo material, en objeto de veneración.
Ortega y Gasset negaría de raíz la validez de esta visión, convirtiéndose en defensor del europeísmo más categórico, el que veía a España como problema y Europa como solución. El patriotismo del dolor de Ortega equivalía a la necesidad de señalar el atraso de España para así poder percibir el contraste que presentaba con la modernidad europea, cuya racionalidad científica, lejos de constituir la amenaza que en ella veía Unamuno, habría de erigirse en única posibilidad de salvación del país. Sin embargo, el pensamiento de Ortega es algo más complejo que la reivindicación costista de la salvación a través de la europeización; en efecto, Ortega consideraba urgente la regeneración de España e identificaba este proceso con el de europeización. Pero había en el filósofo un proyecto más amplio, tendente no sólo a europeizar España sino también a españolizar Europa: era la integración de ambas realidades lo que perseguía. Se complementaba esto con su análisis, en La rebelión de las masas y en la Meditación sobre Europa, de la posibilidad y la necesidad de una unificación europea como forma de vertebrar el continente en torno a la idea liberal, frente a los totalitarismos de entreguerras. Ortega aparece así en buena medida como un crisol en el que se recoge no sólo la herencia de Costa, sino también –consciente o inconscientemente– la de Ganivet y la de su gran adversario, Unamuno. Al mismo tiempo, anuncia una preocupación por la integración de Europa que en el mundo surgido de la Paz de Versalles empezaba a aflorar tímidamente en el continente en la forma aún primitiva del paneuropeísmo y en un ambiente de entendimiento personificado en Aristide Briand y Gustav Streseman. Este tiempo de paz, no obstante, era aún frágil y habría de quebrarse con la Segunda Guerra Mundial y los hechos que la precedieron.
De estos proyectos participaría en cierta medida la Segunda República, en la que pudo haber cristalizado definitivamente lo que ha venido en conocerse como una nueva Edad de Plata de la cultura española, que en las primeras décadas del siglo y pese al desastre –o quizá precisamente por el revulsivo que este supuso– resultaba prometedora. En efecto, la República contó inicialmente en su haber con la participación activa de un buen número de intelectuales, entre los que se contaba el propio Ortega, cofundador con Pérez de Ayala y el Doctor Marañón de la Agrupación al Servicio de la República. Este reflejo de una voluntad de modernización en lo científico y en lo intelectual tendría sus paralelos en la intensa actividad desarrollada en materia de política exterior, dada la firme intención de Azaña de superar el retraimiento de España con respecto a la realidad europea y mundial. La República llevó a cabo una actividad sin precedentes que buscaba fomentar la cooperación entre las democracias europeas y el mantenimiento de la paz en el continente. Asimismo, fue protagonista de una actividad diplomática importante en la Sociedad de Naciones, en la que la gran figura española sería Salvador de Madariaga, más tarde personaje clave del europeísmo español en el exilio.
No obstante, buena parte de la célebre intelectualidad republicana sufriría un paulatino desengaño respecto a las posibilidades de futuro que ofrecía el régimen a medida que la evolución de este se llenaba de grietas y fracturas, y el estallido de la Guerra Civil pondría fin definitivamente a esta trayectoria prometedora de la cultura española y de lo que podría haber sido en última instancia un acercamiento a Europa, definitivamente frustrado hasta décadas más tarde por tres años de contienda fratricida y por la posterior construcción de un Estado autoritario, encerrado en sí mismo y reivindicador de lo tradicional frente a la amenaza de la modernidad. Se cortaba así, junto con muchas otras, la esperanza de una España más cercana a Europa.

(Más en Julio Crespo MacLennan, José María Beneyto, Pablo Jáuregui o Antonio Moreno Juste, entre otros.)

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# Publicado por Irene a las 18:37 | Hay 0 comentario(s)
domingo 23 de marzo de 2008
Psicopedagogía, felaciones y subvenciones: Una fábula proge basada en hechos reales. Con moraleja.
Nos contaban hace unos días, en distendida charla tan propia de estas fechas vacacionales, la vivencia de un profesor, padre o conocido de alguno de los presentes, de un instituto de la capital hispalense o cuanto menos de la provincia que la rodea, y de cuya identidad no podemos proporcionar más señas que las ya dadas puesto que todo lo que conocemos de la historia nos llega tan sólo por la bien conocida vía del boca a boca --nunca mejor dicho, como entenderán ustedes enseguida--. Es probable, pues, que lo que aquí les narro presente con respecto a la verdad estricta de los hechos alguna modificación más o menos sustancial, alguna exageración, algún error de interpretación o incluso un parecido prácticamente nulo. Poco importa, en realidad, ya que la prensa nacional y aun la internacional bien nos han enseñado que la verdad y el rigor no pueden ni deben estropear una buena historia; por otra parte, el hipotético desmentido de la historia no restaría un ápice de validez a las interesantes reflexiones que nos fue dado extraer de la misma, ni a las oportunas innovaciones que en materia de enseñanza se proponen en consecuencia.
Según parece, el profesor protagonista comenzó a observar, en una concurrida clase de tiernos retoños de trece o catorce años, que algunas de las jóvenas que allí asistían parecían estar haciéndose de oro en sentido literal, puesto que el conjunto de joyas y abalorios con el que las muchachitas en cuestión hacían acto de presencia diario en clase aumentaba exponencialmente con el transcurso de las semanas. Nuestro héroe, irritado ante las desigualdades socioeconómicas que semejante acto de ostentación ponía de relieve, y que podía provocar problemas psicológicos en los alumnos menos favorecidos y aun un conflicto de clases --nunca mejor dicho, de nuevo-- en el seno de un aula que debía ser ejemplo de igualitarismo, se dispuso a investigar el origen de tanta riqueza, no fuera a ser que la misma derivase de una apropiación de la plusvalía de algún compañero explotado.
Nada más alejado de la realidad. Las chicas, según nuestras fuentes, estaban dedicándose entre clase y clase y durante los recreos a la tarea de practicar a sus enardecidos compañeros --la pubertad, ya saben-- felaciones por el módico precio de un euro. Tras el escándalo inicial y unánime de todos los contertulios --"¿¡por un euro!?", exclamamos al unísono--, fruto sin duda de siglos de prejuicios nacionalcatólicos y de la salvaje mentalidad capitalista que nos hace difícilmente comprensible un negocio con tan bajo margen de beneficios, llegaron el sosiego y la reflexión, y con ellos la lenta e iluminadora comprensión de las posibilidades que semejante iniciativa presenta como base para una política social y pedagógica de igualdad y educación de género.
Debo en este punto hacer un alto para reconocer la autoría intelectual de la propuesta inicial, que no es mía sino de un buen amigo al que, por carecer de blog, no puedo enlazar debidamente, pero que fue el artífice primero del proyecto social de enseñanza que se detalla a continuación, completado con aportaciones de varios de los tertulianos, entre los que se cuenta una servidora.
La conclusión fundamental fue que estas actividades debería subvencionarlas la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, así como sus homólogos del resto de naciones que conforman el Estado Español, en el caso de considerar que la iniciativa casa con el carácter nacional y las tradiciones de cada uno de sus pueblos. El caso que nos ocupa, no obstante, es el de la patria andaluza. Aquí, los nobles esfuerzos de los responsables de la educación pública han permitido que a día de hoy se halle implantado casi a la perfección el igualitarismo académico, en virtud del cual por fin se ha conseguido desterrar esa odiosa, elitista, nacionalfascista y burguesa terminología de la excelencia, el esfuerzo y la disciplina. Sustituido ahora este denigrante vocabulario que dividía a los alumnos entre buenos y malos o listos y tontos y fomentaba por tanto el surgimiento de rencores sociales y traumas psicológicos, se ha logrado articular un modelo educativo que elimina o trivializa las diferencias en capacidad, esfuerzo e interés en pro de la formación en actitudes, la igualación de todo el alumnado y el destierro de la tan tediosa adquisición de conocimientos.
Conseguido lo anterior, se nos avecina un nuevo reto: han quedado virtualmente eliminadas las diferencias entre listos y tontos, esforzados y vagos, interesados y pasotas. Pero el ámbito escolar ha de ser un marco global de educación --los padres, ya se sabe, no pueden ser responsables de semejante carga--, superando el estrecho horizonte de lo académico para potenciar una formación en valores democráticos. La Educación para la Ciudadanía no ha de entenderse tan sólo como una asignatura más del curriculum, sino que debe extenderse transversalmente a todo el horario --lectivo o no-- de los centros escolares, recreos y descansos incluidos. En este sentido, es necesario observar que aún quedan graves diferencias por superar, y que ha llegado el momento de afrontarlas: el sistema educativo aún no ha logrado erradicar las traumáticas diferencias que aún persisten entre guapos y feos, populares y pardos, fuertes y gorditos. Así, la muchachada asistente a colegios e institutos sigue sumida en una competencia sin tregua entre púberes por conseguir la atención del sexo contrario o --según los casos-- del propio. La práctica inaugurada por las avispadas chicas que inspiraron esta propuesta permite hacer frente a esta tendencia de manera democrática y solidaria.

Se propone, pues, lo siguiente:

1.- Que la Junta de Andalucía ofrezca subvenciones para felaciones solidarias por parte las compañeras. Esta política no podría quedar restringida al ámbito de lo heterosexual, haciéndose necesaria por tanto una oferta más amplia, en la que la felación y el cunnilingus estuviesen disponibles por igual y fuesen practicados paritariamente por ambos sexos. Esta política contribuiría a una iniciación sexual de la juventud en un marco acogedor, y aboliría las diferencias de atractivo sexual entre unos y otros miembros del alumnado al ofrecer a todos un trato igualitario.

2.- Fomentar la actitud participativa por parte de todo el alumnado, con incentivos tales como la posibilidad de pasar de curso no ya con cuatro, sino con cinco o seis o siete asignaturas (queda exenta de esta posibilidad la Educación para la Ciudadanía, clave imprescindible de una formación global), a cambio de la realización de esta actividad solidaria. Se contribuiría así a asegurar la equidad de la oferta y a garantizar una mayor apertura mental de los jóvenes ante las diferentes posibilidades de orientación sexual disponibles, aboliendo de esta forma los prejuicios aun existentes entre los hijos de votantes del Partido Popular.

3.- Habilitar en las escuelas espacios adecuadamente acondicionados y equipados para estas lides, haciendo hincapié en la limpieza, la higiene y el uso de una adecuada protección contra las ETS o, llegado el caso de implantarse prácticas más completas, el embarazo.

4.- Ofrecer al alumnado una formación sexual en sesiones teóricas --la Junta proveerá a los centros con folletos con títulos tales como Cómo hacer una buena felación o Descubre el cunnilingus-- y prácticas, en las que el profesorado podrá contribuir a la instrucción de los púberes, fomentándose así una mayor implicación de aquellos en la formación completa de sus alumnos y alumnas.

5.- Acompañar la iniciativa de una activa campaña en pro de la abolición de tabúes sexuales, y de una adecuada contabilización de la oferta y la demanda que asegure la paridad entre sexos tanto entre demandantes como entre oferentes. El establecimiento de cuotas, en este sentido, resultaría de enorme utilidad.

6.- Para potenciar la igualdad de género y génera, las alumnas serán las principales beneficiarias de las subvenciones, con el objeto de potenciar su participación en las actividades y sus posibilidades de ascenso laboral en este campo una vez egresadas de los centros educativos. Entre los chicos, se considera que será estímulo suficiente para lograr su participación como oferentes el hacer dependiente de ello sus posibilidades de acceso como demandantes.

Bien pensado, no sé cómo no se les ha ocurrido a ellos antes. Ni cómo va a ser posible la segunda modernización de Andalucía si no incorporamos estas innovaciones.
 
# Publicado por Irene a las 13:19 | Hay 7 comentario(s)