sábado, 17 de octubre de 2009

Anatomía de un instante

No es es el libro de un historiador, pero es un libro de historia, aunque no lo sea de historia académica. No es una investigación primaria, ni aporta datos nuevos ni consulta fuentes inéditas. Pero es una obra de historia, no obstante (aunque igual los eruditos me critican por decir esto), y no sólo por su temática, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de rigor. A pesar de lo mucho que parece prestarse a ello el asunto, no cae en rocambolescas teorías de la conspiración, trata los datos con seriedad y cautela y, aunque presenta hipótesis, las explica y aclara y no se aferra a ninguna de las más dudosas --aunque sean las suyas-- ni las sostiene como si fueran grandes verdades irrebatibles. Como haría cualquier historiador honrado, plantea preguntas sin pretender engañarnos cuando no tiene las respuestas.

No es una novela, pero es el libro de un novelista, aunque lo sea de un novelista que ha hecho equilibrios muchas veces sobre esa fina línea que separa la ficción de la realidad. No es una ficción, no introduce narradores imaginarios ni personajes inventados ni datos irreales. Pero es la obra de un novelista, y no sólo porque sea trepidante --que lo es-- ni porque la estructura del relato sea, en muchos sentidos, claramente literaria, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de imaginación. Dice Cercas que su libro no es un libro sobre el 23-F, sino un libro sobre un gesto, sobre el gesto de un Adolfo Suárez que se queda sentado mientras los golpistas disparan sus balas en el Congreso de los Diputados. Y es cierto que buena parte de la obra se dedica a analizar ese gesto, a ofrecer una interpretación (o varias) del mismo, erigiéndolo en símbolo o clave de los acontecimientos de aquel día y de los meses que vinieron antes y de lo que vino después. Esto es, evidentemente, un recurso literario. Y, dado que nadie puede estar dentro de la mente de otro, es también pura especulación y en absoluto verificable, aunque tampoco el autor pretende vendernos lo contrario.

Tal vez porque es las dos cosas a la vez y porque, sin embargo, Cercas no parece jugar a confundir una faceta con otra, tal vez por ello el resultado es un libro que engancha de inmediato y que induce a devorarlo de una sentada; es también una obra que provoca melancolía, probablemente porque huye de la frialdad absoluta del dato puro e intenta meterse en la mente y el alma de unos hombres a los que a menudo resulta difícil comprender. La sensibilidad literaria y la sensibilidad histórica se entrecruzan y a Cercas le han salido unas páginas que invitan un poco a la tristeza y un poco a la esperanza, porque nos sitúan ante el espejo (o ante uno de los muchos espejos) de lo que fuimos y de lo que, en gran medida, seguimos siendo.

Igual también por ser obra de un novelista que no olvida del todo su oficio (el oficio de contar, y de contar entreteniendo) aunque se ponga a escribir una crónica, el libro escapa por completo a esos dos males tan ampliamente difundidos en la historiografía española: de un lado, la tendencia a escribir tan sólo para un público de especialistas enfrascados en debates muchas veces estériles, que se nutre de un endiosado desprecio por todo lo que suene a divulgación (pero que luego no evita que nos lamentemos sin pudor de que nadie echa cuenta a los historiadores); de otro, esa especie de terror absoluto a escribir algo ameno, comprensible y --por qué no-- que atrape al lector. Cercas es español y ha escrito un libro de historia, pero no es un historiador español y eso sin duda le ayuda a escapar a esos vicios en los que tan a menudo (aunque quiero pensar que cada vez menos) cae la historiografía patria.

He dicho que Anatomía de un instante es un ejercicio de rigor y a la vez un ejercicio de imaginación. Creo también que es, en muchos aspectos, un ejercicio de sentido común. Porque tiene la capacidad de huir de maniqueísmos, y me parece que eso no es nada fácil; desde luego, no es nada habitual. Porque, en la parte de la obra que corresponde al ejercicio de imaginación, Cercas parece saber como buen novelista y como simple ser humano que un personaje jamás se puede construir tan sólo a base de blanco o de negro, e intenta penetrar en las complejidades de esas personas que también son personajes (porque son historia) o de esos personajes históricos que a pesar de ello son personas. Pero también porque, tratándose de un libro que tiene uno de sus ejes fundamentales en el acercamiento a esa cosa tan extraña y tan fascinante y tan ajena muchas veces a nosotros que es el poder, Cercas plantea la política como el arte de lo posible, sin maximalismos absurdos y sin perder de vista que los ideales hay que hacerlos convivir con la realidad. Como él mismo dice, lo contrario es el Fiat iustitia et pereat mundus, idea-fuerza que muchos parecen haber hecho suya sin darse cuenta de que es un rasgo de soberbia tanto como lo es de egoísmo. Que se haga justicia aunque perezca el mundo, dicen, como si toda justicia no fuera a perecer con él.

jueves, 8 de octubre de 2009

Represión de la Memoria

Recién iniciada la guerra civil, la vigilancia cultural que sería consustancial al franquismo –especialmente en su primera época– comenzaría a materializarse en la Sevilla de Queipo en un bando, emitido el 4 de septiembre de 1936 por el entonces jefe del Ejército del Sur, que declaraba "ilícitos el comercio, circulación, producción y tenencia de libros, periódicos, folletos y toda clase de impresos pornográficos o de literatura socialista, comunista, libertaria, y en general, disolvente" y señalaba que la medida era aplicable, entre otros, a "los particulares y entidades y Corporaciones". El bando estipulaba la entrega a la autoridad militar de los libros prohibidos, entre los que se incluían no sólo aquellos de contenido claramente político, sino también aquellas obras literarias de autores considerados sospechosos por el régimen, categoría que en un momento dado podía ser todo lo amplia que se quisiera. En virtud de la represión cultural llevada a cabo por el franquismo, algunas de las figuras más brillantes del panorama literario español quedarían borradas de la vida cultural española durante años.

Ahora, por lo visto, se trata de hacer exactamente lo contrario --o exactamente lo mismo, según se mire--. Ya no se prohiben ni requisan libros (al menos de momento), pero se hace uso de otros medios para legitimar por razones políticas, y no literarias, una censura a la figura de determinados autores. Se les olvidan además, a los camaradas de Izquierda Unida, no sólo las consideraciones más elementales acerca de la libertad de expresión --no es del todo de extrañar: la dictadura de lo políticamente correcto es lo que tiene, y las credenciales democráticas de los antecesores ideológicos de IU no es que sean para hacerles una fiesta--, sino también el hecho clave de que las cosas, generalmente, no son tan blancas ni tan negras. Agustín de Foxá era amigo de José Antonio. Y el tan manoseado Federico García Lorca lo era de Luis Rosales.

Los dos, en cualquier caso, eran escritores.

Y que tengan el cinismo de hablarnos de "los cuarenta años de represión de la memoria". Se ve que hemos pasado de una represión de la memoria, con la memoria como víctima, a una represión de la Memoria [Histórica], con esta nueva Memoria oficial como agente.

Este es el mismo Ayuntamiento, incidentalmente, del Aula de la Memoria Histórica Convenientemente Retocada. El mismo que financia con dinero público homenajes a la Cuba castrista.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los españoles no leían: hablaban

La supervivencia del pueblo como unidad social y económica dependía de las malas carreteras y de la deficiente educación política. Es un factor significativo ya que afectaba a una gran porción de la población de España y porque las condiciones que le daban su fuerza persistieron hasta hace relativamente poco. Aislado del mundo exterior, el español precisaba de una vida social que llenase su intimidad, y la necesitaba así, en parte por constituir tema inagotable de conversación. Los españoles no leían: hablaban.[1] En los siglos XVIII y XIX la manifestación más destacada de la vida social era la tertulia, es decir, el grupo de amigos o conocidos que se reunía habitualmente por la tarde para conversar. Las Sociedades Económicas del siglo XVIII nacieron de una tertulia de vascos acomodados y todavía en el siglo XX la conversación sigue siendo el eje en torno al que gira la vida intelectual.[2] Cada fracción disidente del liberalismo tenía su epicentro en un velador de café. Los hombres públicos españoles del siglo XIX ponían en la discusión de las crisis políticas la misma minuciosidad sentida que pone una familia en debatir sus asuntos o la aldea en sus chismes.

1. "Se leen pocos libros" (Townsend, Travels, II, 154). Sin ánimo de agraviar a nadie, la escasez de libros en las casas acomodadas de España es asombrosa, y es que los españoles --que conste que no pretendo juzgarlos-- opinan que tienen algo mejor que hacer. No me extrañaría que buena parte de España pasara sin transición de la era sin libros a la era de la televisión, como los países de América del Sur.
2. En la excesiva importancia atribuida al intercambio verbal y al periodismo radicaba una de las principales debilidades de la vida intelectual española: la conversación era uno de los pilares de la obra de Ortega y Gasset.


Raymond Carr, España, 1808-1939. Barcelona: Ariel, 1968. Pp. 71-72

Me he tenido que reír con el amigo Carr. Algunas cosas, por lo visto, no cambian nunca. Al final, se nos va la fuerza por la boca y seguimos arreglando el mundo desde todas las cafeterías. Y si no, que me digan qué es este blog, y los de al lado.

domingo, 4 de octubre de 2009

Sevilla 2016

Quienes vivimos en Sevilla hemos tenido ocasión en las últimas semanas de asistir a una campaña en contra de la candidatura madrileña a ser sede olímpica en 2016 que no deja de resultar, cuando menos, reveladora. Según leo, el mismo logotipo se ha utilizado también en la propia capital, aunque en aquel caso la campaña tenía un sentido claramente distinto, y no es a eso a lo que voy ahora mismo. De hecho, no tengo datos suficientes para juzgar la conveniencia o no de que se hubieran llegado a celebrar allí las olimpiadas; personalmente, me habría gustado, pero ni me iba la vida en ello ni pensaba realmente que fuera a ser posible. También desde Cataluña (espero que se me perdona la ofensiva grafía elegida) se ha enarbolado este símbolo, aunque en esta ocasión con el típico "argumentario" político que ustedes podrán fácilmente imaginar y que tan cansino resulta ya.

Pero hoy me quedo en lo local. Lo que me ha resultado interesante de la campaña sevillana es todo lo que permite vislumbrar, respecto a esta ciudad, acerca de esa cosa que ha dado en llamarse idiosincrasia. Rasgos que quedan bien retratados y que, por lo demás, no dejan de ser endémicos y probablemente extrapolables al resto del país. La esencia del movimiento venía a ser un "a Madrid que le den, que nos robaron la candidatura olímpica". Toda una muestra de esa tendencia tan nuestra a despreciar cualquier valoración del esfuerzo y de la competición por lograr ser el mejor, en aras de una difusa y poca definida noción de lealtad que, a juzgar por lo que se oye últimamente, debe consistir en un equivalente pretendidamente adulto al clásico "yo me lo he pedido primen" de cuando nos disputábamos con nuestros hermanos el asiento delantero del coche. El mérito y el hacer las cosas bien, ya se sabe, están más bien desprestigiados. Poco o nada importa el que una candidatura sea mejor o peor o el que, en aplicación de la lógica más elemental, cualquier ciudad deba tener la posibilidad de optar a la candidatura si demuestra que está en mejores condiciones de preparar los juegos, sin deberle nada a nadie, y mucho menos un "respeto" así definido. Y desde luego, menos aún importa eso que llaman deportividad y que tanto valoramos en otros, pero que por lo visto no nos vemos obligados a encontrar en nosotros mismos. Que tengan buen perder los demás.

Es anecdótico, claro, pero a veces lo anecdótico resulta muy sintomático. No tiene importancia, probablemente, pero no deja de situarnos ante el espejo de nuestras tendencias más cainitas y del ombliguismo estructural de una ciudad incapaz de ver más allá de la Giralda. Una ciudad tan pueblo que sigue viviendo, a estas alturas, a la sombra del campanario.


Deportividad, madurez y buen gusto a partes iguales, 'miarma'.
(La imagen, obtenida en inicios.es)

viernes, 19 de junio de 2009

¿Enemigos íntimos?

La política municipal nunca deja de sorprender. Leo con cierta fascinación que hasta el colectivo teóricamente homenajeado muestra en esta ocasión su desacuerdo con el tipo de gastos sin sentido al que nos tiene acostumbrado el Ayuntamiento hispalense. Y encima andan firmando acuerdos con el Partido Popular:

Colega acepta un contrato-programa con el PP de cara a las elecciones de 2011

La pregunta clave es si esto será un hecho aislado --tan aislado como el caso de Gallardón-- o si forma parte de una nueva estrategia del PP para arrebatarle al PSOE una parte de su clientela más fiel. Una modernización del mensaje popular en este campo puede poner en peligro lo que los socialistas siempre han considerado un voto asegurado, como puede hacerlo el tímido desmarque del PP frente a la Iglesia que viene atisbándose desde hace un tiempo. Aunque no nos engañemos: no se trata de que de pronto vayamos a tener la derecha moderna y liberal que tanta falta haría en este país. Pero, con todo, habrá que seguir el desarrollo de los acontecimientos. La cosa puede ponerse interesante y quitarle al PSOE los clásicos capotes que tan socorridos le resultan para distraer la atención. Supongo que alguien habrá dado ya la voz de alarma entre los socialistas. O debería.

¿Imaginan ustedes un mundo en el que la aprobación del matrimonio gay deje de convertirse en la política única que justifica o contrarresta todo lo demás? Aunque lo más curioso de ese argumento es que a quien se le oye con más frecuencia es a la progresía heterosexual. La que no concibe que una determinada orientación sexual pueda no ir automáticamente asociada a una determinada etiqueta partidista.

(News flash para desinformados: hay hasta gays de derechas.)

miércoles, 17 de junio de 2009

La izquierda que subía impuestos a los ricos

Como de costumbre, las contradicciones de este gobierno que se hace llamar de izquierdas vuelven a saltar a los ojos de quien esté dispuesto a verlas. Ahora resulta que para alimentar un gasto descomunal destinado a maquillar durante unos meses las cifras del paro (véase el célebre Plan E) y para alimentar a la clientela (400 euros, cheques-bebé, portátiles regalados y demás ocurrencias), nuestros ilustres gobernantes deciden que es necesaria una brusca subida de los impuestos sobre el tabaco y la gasolina. Ante semejante panorama, se propone una señalar las incoherencias entre lo que este gobierno dice y lo que hace y no sabe ni por dónde empezar.

No, no se trata de ponerse neoliberales, ni el gasto público es malo en sí mismo, pero a una lega en economía le parece que sería conveniente que se utilizase con cabeza y que se tratase de inversión productiva y de infraestructuras, y no de poner columpios en los parques, que no está la cosa para andar derrochando. El empleo que se crea así es, en última instancia, artificial. Y, a la larga, no cambia nada, tanto como hablan de transformar el modelo productivo. ¿Se trata de transformarlo en un modelo basado en la subvención y la caridad? Si es eso, ya se empieza a entender mejor por qué se decidió empezar por Andalucía. De hecho, aquí no hay que cambiar nada: se trataría tan sólo de extender el modelo al resto de España. Ese modelo que se ha dedicado a dilapidar fondos europeos durante años. Eso sí, garantizando un voto fiel, que es lo importante. "La derecha no puede gobernar", ya se sabe.

Pero eso, al fin y al cabo, nos remite al eterno debate entre las políticas (más o menos) keynesianas y las (más o menos) ortodoxas, y no seré yo quien se meta en esa camisa de once varas. Sí que intuyo que, tanto en unas como en otras, cabe mirar más allá de los papeles y los dogmas y aplicarlas con sentido común, con un plan coherente y global en mente, y sin aspavientos del tipo "me he levantado esta mañana y mientras me tomaba el zumo de naranja se me ha ocurrido que esta semana vamos a jugar con las arcas públicas haciendo X, ¿a que mola?" Pero yo a lo que iba es a la repentina subida de precios de carburantes y tabaco.

Ya sabemos, claro, que ambas cosas son pecado. Y dado que, según parece, la socialdemocracia realmente existente (aquí) ha decidido que es su deber histórico ejercer de Papá Estado --a mí esto me recuerda al paternal Generalísimo, qué quieren que les diga--, no es de extrañar que vele por la salud de nuestros pulmones y por la limpieza de nuestro aire. Pero eso sí, no nos confundamos: los que han de mantenerse sanos por decreto gubernamental, los que deben asegurar que el aire de las ciudades se torne repentinamente prístino, son los de siempre. Como de costumbre, pagan los mismos: no ya un proletariado inexistente como tal, pero sí desde luego las clases bajas y las medias.

No estoy diciendo nada nuevo, claro: es algo tan sencillo y tan antiguo como que los impuestos directos son más redistributivos, más igualadores, más "de izquierdas", que cualquier impuesto indirecto. No digamos ya cuando el impuesto indirecto en cuestión experimenta una subida tan súbita, siendo (como lo es) una carga sobre productos que, de primera necesidad o no, son de consumo diario y constante. Uno puede prescindir del tabaco, claro, pero el caso es que eso es una decisión personal (¿les suena aquello de la libertad individual?) en cuya dirección se va a presionar a los de siempre. Por una subida de 35 céntimos, está claro que quien cobra 5000 euros al mes no se va a ver abocado a abandonar el pitillo. Y digo yo que además, con la que está cayendo, podrían dejarle al menos al personal el consuelo del cigarrito de media mañana. Y del de después, que es el más importante de todos (aunque parece ser que, en esos momentos post-coito, la pastilla se considera más saludable que el cigarro).

No digamos ya la gasolina: promovamos el transporte público. Pero no mejorando su calidad, comodidad, frecuencia de paso y fiabilidad; eso sería absurdo. Si el ciudadano sevillano tiene que estar 27 minutos esperando el metro, que espere. No nos vamos a poner ahora a proporcionar un servicio digno. Mucho más sencillo es decretar una subida del precio de los carburantes que obligue a quienes estaban al filo de la navaja a perder el tiempo necesario cada mañana yendo al trabajo. Si es que siguen teniendo trabajo, claro. De paso, la vía pública se queda más despejada para los coches oficiales, que hay que ver lo que se tarda cada mañana en llegar de casa al Ayuntamiento, con tanto vehículo malvado y contaminante por ahí, empeñado en entorpecer el paso. ¿Que la subida de la gasolina va a provocar, por otra parte, una subida del resto de productos? Bueno: así casi parecerá que hay actividad económica, que el dinero se mueve, que la gente se anima y por eso suben los precios. No hay mal que por bien no venga y, total, nosotros seguiremos llegando a fin de mes con la misma facilidad. Que en Moncloa se vive mu a gustito, la verdá.

Claro está que no se trata ni de preocuparse por nuestra salud (antes al contrario: lo que conviene es que la gente siga comprando tabaco, para que entre un poco de dinero) ni de edificar un modelo "más sostenible". Se trata, sencillamente, de que a base de medidas irresponsables y oportunistas nos hemos comido el superávit a una velocidad récord (porque, además, no lo olvidemos, no había crisis). Y algo habrá que hacer para paliar la falta de ingresos.

La carga, eso sí, sobre los hombros de los de siempre. Esta es la nueva izquierda, señores. Y que todavía nos quieran colar el cuento, vídeos mediante, de la oposición binaria entre izquierda y derecha tan nítidamente dibujada en los cartelitos electorales, mitad azules y mitad rojos.

Esta debe ser la anunciada subida de impuestos "a las rentas más altas".

Lo que realmente apetece, qué quieren que les diga, es soltar unos cuantos improperios.