martes, 6 de noviembre de 2007

La media memoria

La memoria lo que busca es la legitimación del presente. Yo creo que es mejor asumir nuestro pasado entero que ponernos delante de un espejo y decir "no, a ver, si me pongo de perfil así yo creo que no estoy mal (...)"
La afirmación no es mía, obviamente, pero nos lo decían el otro día en clase y viene al pelo.
José Antonio Parejo es investigador y profesor en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. El Aula de la Memoria Histórica es un organismo dependiente del Ayuntamiento de la misma ciudad (casualmente, para bien o para mal, la mía). Si ponemos a estos dos actores frente a frente, diríase a priori que el más autorizado a hablar de Historia debería ser el historiador. No es cuestión de depositar una fe desmedida en la universidad española, ni siquiera en el gremio de los historiadores, en el que habrá de todo. Pero, puestos a elegir, y tratándose de reconstruir la Historia, parecería más digno de confianza un trabajo de investigación, basado en la recogida de datos, que las afirmaciones de los políticos y sus organismos, basadas en la recogida de votos.
En días recientes los acontecimientos parece que han puesto de relieve las consecuencias perversas de dejar la Historia en manos de políticos al tiempo que se confunden --me temo que a conciencia, al menos en algunos casos-- conceptos tan distintos y en ocasiones enfrentados como Historia y memoria. No creo que sea necesario argumentar algo que, por otra parte, es una obviedad. Lo señala certeramente el protagonista de los hechos:
El concepto mismo [de memoria histórica] es una aberración, porque una cosa es la memoria y otra muy distinta es la Historia. La memoria tiende a olvidar los malos recuerdos, pero eso no ocurre con la Historia, que tiene que remitirse a los hechos históricos. Lo que parece que se pretende aquí es mezclar las dos cosas y reescribir la historia de España, en ese episodio concreto, de acuerdo a un planteamiento determinado.
El planteamiento, claro, del Aula de la Memoria Histórica y de lo que en definitiva es el espíritu mismo de esta recuperación que nos venden, basada en una distinción neta y maniquea entre buenos y malos y (lo que es peor, porque las valoraciones son personales) en una ocultación deliberada de la realidad de lo que fue una de las etapas más inestables, violentas y dramáticas de nuestra Historia reciente. Hablo, claro está, de la Segunda República, ese paraíso perdido tan añorado por muchos que no tuvieron la mala suerte de padecerlo ni han tenido de momento la sana intención de poner en duda una memoria creada por cualquiera menos por historiadores. No digamos ya de ponerse en duda a sí mismos. Las "convicciones firmes" a veces tienen estos efectos, pero los libros suelen ser un buen antídoto.
El efecto de todo esto tiene un nombre: censura. Cuando el Aula de la Memoria Histórica encarga a Parejo un libro sobre la Falange en Andalucía y concretamente en Sevilla, éste comete el error de revelar en el mismo algo tan escandoloso y políticamente incorrecto como lo siguiente:
No era un partido de señoritos, compuesto exclusivamente por gente de derechas, sino que, como se demuestra en los archivos, la Falange era un partido interclasista, con un componente de obreros muy importante durante la República.
A partir de aquí, la publicación del libro queda aplazada e inexplicablemente demorada, hasta que finalmente se le dice a su autor a las claras que convendría que modificase algunos aspectos del libro "porque hay opiniones y frases que suponen un trato de favor a la Falange".
Sobrarían los comentarios, pero no me resisto. La censura es preocupante, pero en algún que otro sentido tal vez sea aún más triste pensar que los señores encargados de una cosa que hacen llamar Aula de la Memoria Histórica puedan ser tan ignorantes. Digo esto porque dos y dos suelen sumar cuatro. Falange era un partido fascista, en el sentido no restrictivo del término. Y resulta que el fascismo, como sabe cualquiera cuya formación histórica vaya más allá de lo que aporta la LOGSE, cuenta entre sus principales características este interclasismo. Me extrañaría, pero es posible (no lo sé) que este libro constituya la primera constatación científica del fenómeno en Andalucía o incluso de su aplicabilidad a Falange en general, pero a grandes rasgos no es un gran descubrimiento en el contexto de la caracterización de los fascismos. A poco que se sepa algo de Historia, no es una sorpresa. Antes al contrario. De modo que, señores, si van ustedes a dirigir un Aula de la Memoria Histórica, estaría bien que no practicasen la censura. Pero, si han de hacerlo, por lo menos aprendan antes Historia. Aunque sea para no hacer el ridículo más de lo estrictamente necesario.

La noticia y una entrevista a Parejo aparecieron ayer, cinco de noviembre, en la edición impresa de El Mundo / Andalucía, página veintinueve. Aquí se recoge una versión; notablemente resumida, pero algo es algo.

Todavía me dirán que es que esto lo cuenta El Mundo. Esos fachas. Cómo va a ser verdad.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Holocausto y culpa

Traduzco aproximada y parcialmente la carta de una adolescente alemana a propósito de la cuestión de la memoria del Holocausto.
¿Qué podemos hacer?
Aprendí sobre el Holocausto en el colegio en Alemania. Nos contaron lo que pasó, fuimos al campo de concentración de Dachau y a Berlín. Sé lo que pasó y siempre he pensado que es terrible. Pero cuando vine de intercambio a los Estados Unidos hace nueve meses empecé a pensar más en el tema y a intentar comprenderlo (...)
Una cosa de la que me he dado cuenta es que lo único que la mayoría de los americanos conocen de Alemania es a Hitler. A menudo me preguntaban, incluso algunos profesores, si soy nazi, si lo son mis padres o si odio a los judíos. Esto me entristecía y avergonzaba. Todo esto es alemán y no puedo cambiarlo, lo sé. ¿Pero cómo puedo sentirme culpable por algo que no es culpa mía? No puedo cambiar lo que ocurrió en el pasado, pero puedo intentar que no vuelva a ocurrir, aunque (...) nunca se puede enseñar lo suficiente sobre el Holocausto como para asegurar que no se repetirá jamás.
Fui con un amigo alemán al Museo del Holocausto de Washington D.C. Es un magnífico museo y conocimos a un soldado americano que estuvo destinado en Alemania y a una joven judía cuya familia logró escapar del Holocausto. El museo no es un lugar en el que puedas sentirte orgulloso de ser alemán. Me sentí avergonzada y deprimida, pero me ayudó que tanto el soldado como la chica judía me tratasen muy amigablemente, con amabilidad y respeto, porque entendieron que no es culpa nuestra. Ambos estaban interesados en saber cómo se enfrenta Alemania, y en especial su generación más joven, a su triste Historia (...)
Sólo tengo diecisiete años; mi abuela diría que qué sabré yo de la vida. He disfrutado mucho de mi año en los Estados Unidos y espero que al menos los americanos que conocí a lo largo de este tiempo no piensen ya que todos los alemanes son nazis ni tengan mala opinión de Alemania.
Agradezco tantísimo que el señor Marzynski no perdiera toda esperanza en Alemania. Sólo lo vi durante una hora en Frontline, pero me sentí como si lo conociera de toda la vida. Un hombre muy agradable.
No me importa si eres judío o cristiano o musulmán. No me importa si eres blanco o negro. En todos los lugares del mundo hay gente buena y gente que no lo es tanto.
Julia Leibold
Munich, Alemania
La negrita es mía. Me resulta terrible la desesperación que parecen traslucir las palabras de alguien que no puede tener la culpa de algo ocurrido hace más de sesenta años. Pero más allá de esta tristeza, me pregunto si alguien se ha parado a pensar en las consecuencias de determinadas políticas de la memoria.
¿Dónde está el límite entre el conocimiento de la propia Historia y el traspaso de la culpa de generación en generación? ¿Es lícito hacer que se herede la culpa? Es sabido que dicha sensación puede generar diversas reacciones, pocas de ellas positivas, algunas de ellas peligrosas: desde el distanciamiento emocional y la frialdad hacia el tema hasta brotes de agresividad resultantes de una sensación de acoso. Que toda una generación en todo un país se sienta perseguida y señalada con el dedo por el simple hecho de haber nacido en Alemania con posterioridad al Holocausto no parece la mejor forma de remediar lo que en cualquier caso es por completo irremediable. No parece la mejor forma de contrarrestar el hecho de que hace medio siglo todo un pueblo en todo un continente fuese efectivamente [ojo: no pretendo establecer comparaciones grotescas: en este caso no era una sensación, sino una realidad] perseguido hasta la exterminación. En cualquier caso, crear culpables que no lo son no creo que contribuya a la empatía con las víctimas. Posiblemente sirva para todo lo contrario.
Tal vez me equivoque. Pero asusta preguntarse si a veces, con las mejores intenciones*, no estamos creando monstruos y sembrando tempestades futuras.

Aquí algunas lecturas de interés sobre esta "tercera generación" de alemanes y su complicada relación con el Holocausto. Es decir: con sus padres, con sus abuelos y con su país.

(* - Cada vez estoy más convencida de que las buenas intenciones habría que hacérselas mirar. A ver si van a ser contagiosas.)

viernes, 2 de noviembre de 2007

Democracia y democrátas

A los españoles se nos llena la boca de democracia, pero últimamente me pregunto cómo es posible que exista tal cosa en un país en el que prácticamente no hay demócratas. Peco de exageración, lo sé, pero aun así he de confesar que la realidad no deja por ello de ser desalentadora y en ocasiones desconcertante. Nuestra clase política es el principal escaparate de esto que describo, y quizá un día como el del miércoles pueda servir de paradigma, con un partido en la oposición que se desmarca sin desmarcarse de la conspiranoia que según dicen ahora nunca han apoyado; un presidente del gobierno que programa para un día con noticia-bomba ya prevista su comparecencia ante el congreso por los socavones de Barcelona; una ministra de fomento incapaz de fomentar nada que no sea el desastre y que sin embargo se niega a dimitir y se pasea por Sevilla por las mismas fechas aproximadas en que descarrila el maravillosamente inútil tranvía de millones de euros que nos ha puesto nuestro alcalde (si no se podía inaugurar el metro habría que inaugurar alguna otra cosa, entiéndanlo).
Pero decía Ortega algo así como que el problema de España no es político, o no lo es únicamente; venía a decir, aunque más elegantemente y con mayor profundidad, algo parecido a aquello de que tenemos lo que nos merecemos. Los políticos serían si acaso un espejo: el problema es el país. Aunque me alejo lo que puedo de la tentación fatalista de creer en un mal específicamente español o de reivindicar el ibérico "Spain is different", lo cierto es que a veces entran dudas: la calle es un lugar terrible. Resulta que asiste una a un ciclo de conferencias sobre Cuba y esta vez (pero no todas: aún recuerdo a Raúl Rivero) tiene suerte y todo se desarrolla con absoluta normalidad --y puede disfrutar, dicho sea de paso, de interesantísimas reflexiones--, pero en cuanto se abre la mano al diálogo con una mesa redonda empiezan los saltos a la yugular y un comportamiento ligeramente menos cívico y razonable de lo que gustaría en ámbitos académicos. No es que ocurriese nada especialmente grave, pero la Universidad, algunos deberían recordarlo, no es un patio de vecinos. A la salida alguien me comentaba que si ciertamente tenemos una derecha pedestre, no cabía duda de que acabábamos de ver en acción a esa izquierda "asilvestrada" tan nuestra. Y una termina suspirando y sale de allí pensando que está hasta las narices de progres.
Pero regresa a la calle y se topa con un grupo de pequeñuelos imberbes de quince añitos que a las once de la noche y sin mediar provocación alguna deciden de pronto dedicarse a la noble y productiva actividad de agredir verbalmente, insultar a voces y proferir a gritos que quien aquí escribe es una progre (literal). Por la sencilla razón de que... iba en bici. [Como leen. A la velocidad aproximada de un caracol. Sin pedir siquiera el paso a nadie, porque --consciente de que no iba por un carril bici, inexistente en ese lugar en particular-- resultaba preferible y más educado limitarse a ir a la misma velocidad de la gente que por allí caminaba. Para no molestar.]
Llevaba bici, así que soy una progre. O iba a unas conferencias sobre el futuro de Cuba, así que lo mismo soy agente de la CIA (¡¿qué es eso de pensar que Cuba tiene futuro?! A quién se le ocurre).
Llegué a casa y encendí la radio: se hablaba de las grandes noticias del día y, como de costumbre, cada cual lanzaba sus platos contra la cabeza del adversario. Tuve un momento de desconsuelo: tal vez los políticos no estén tan alejados de la realidad como tiendo a pensar.

sábado, 27 de octubre de 2007

Lo malo del buenismo

Qué fácil es, desde el antiamericanismo vulgar que no va más allá de unos cuantos tópicos consabidos, acusar a la sociedad estadounidense de racista. O qué fácil era, más bien, porque resulta ahora que el problema lo tenemos en casa y esas críticas furibundas tendríamos que dirigírnoslas a nosotros mismos.
Qué fácil es, por otra parte, acusar únicamente a determinadas capas de la sociedad de tener prejuicios y de discriminar. La derecha, se dice. Los pijos. Los fachas. Como si tuviéramos que seguir creyéndonos el mito de la clase obrera, buena y pura y santa por naturaleza. El proletariado equiparable al buen salvaje de Rousseau, y el capitalista, el empresario, el explotador, lleno de odio y de desprecio hacia todos los que no están a su altura, los que no son blancos, heterosexuales y de clase media. Pero luego resulta que uno mira a su alrededor y ve al niñato que va camino de convertirse en fenómeno mediático y puede ser cualquier cosa, pero desde luego no es un hijo de papá. También cabría preguntarse por el perfil social del neonazi. ¿Barrio de Salamanca? No lo sé, la verdad. Supongo que también ahí habrá de todo.
Pero luego vienen las disculpas y entonces es cuando se traspasan líneas que no deberían cruzarse jamás. La psicopedagogía y la necesidad de comprender a todo el mundo, la absurda teoría de que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo vuelve malo, y al final resulta que pobrecito el muchacho, que tuvo una infancia muy dura. Si está en sus cabales, sintiéndolo mucho, creo que uno es responsable de sus actos, sobre todo a partir de ciertas edades, y por muchas hostias que le haya dado la vida. Hay multitud de gente a la que la vida ha maltratado y que no va por ahí propinando palizas a nadie. También hay personas que lo han tenido todo y que quizá se aburrieron, y por ello mismo arremeten contra el prójimo. No me valen esas excusas. Por otra parte, si lo que pasa es que está loco, que alguien me explique por qué hemos dejado que la corrección política nos deje sin manicomios: que les pregunten a los familiares de esquizofrénicos qué piensan de esa maravillosa medida. Lo peor es que tendremos que creernos que eso es Progreso.
También cabría preguntarse otras cosas, saliendo de la anecdótico para tratar el tema más ampliamente. Pretender que en el seno de una sociedad no surjan problemas ante la llegada de una comunidad inmigrante es una utopía. No dudo que esté feo decir esto, porque decididamente no debería ser así. Pero siempre hubo grandes diferencias entre lo que debería ser y lo que es, y no comprender esto ha sido quizá uno de los grandes fallos de cierta izquierda. Sólo desde la comprensión y aprehensión de la realidad se puede actuar para mejorarla; desde el qué-bonito-es-todo normalmente sólo se acaban provocando catástrofes. Voy a lo que voy: si tenemos los problemas que tenemos con la comunidad inmigrante, si los ghettos no hacen sino multiplicarse y es obvio que el odio encuentra buenos fermentos en situaciones así, ¿no sería más sensato preguntarse cómo atajar el problema antes de que vaya a más? No tengo soluciones mágicas (ni creo que existan), pero hay cosas que obviamente no lo son.
Para empezar: el multiculturalismo como sustituto de la asimilación es una mala idea, y fomentar la diferencia en su sentido más extremo es un absurdo. No hablo del té moruno, claro está; hablo del burka o, sin ir tan lejos, de los horarios separados por sexos en las piscinas públicas.
En segundo lugar, la regularización masiva de inmigrantes me parece bastante insensata por varios motivos. Es evidente (más allá de que nos gusten más o menos los ataques de la oposición en este sentido) que produce un efecto llamada, y parece poco conveniente andar fomentando la llegada de nuevos inmigrantes cuando es obvio que tenemos graves problemas de integración de los que ya hay. Por otra parte, un Estado no puede permitirse legalizar a posteriori una situación ilegal que se ha venido tolerando indebidamente, igual que las leyes que castigan determinadas acciones no pueden aplicarse retroactivamente. Lo segundo protege al ciudadano; lo primero es una obviedad en tanto en cuanto el Estado tiene que mantener con firmeza sus propios principios; de lo contrario, ¿en qué queda el Estado de Derecho?
Como me dijo alguien el otro día, el buenismo es enemigo de las buenas soluciones. Lo firmo cuando haga falta.

viernes, 19 de octubre de 2007

Firmes en el error

Uno de los columnistas estrella del nuevo diario Público escribía hace unos días un artículo (que ya había leído, pero que dA me ha recordado) en el que apelaba --o eso parecía, pero mejor opinen ustedes-- a la rígida firmeza en el error como algo deseable. En realidad el título ya es suficiente para que el artículo se comente por sí mismo, aunque intuyo que pretende ser una sutileza intelectual que por algún motivo se me escapa, dado que, efectivamente, es eso lo que está defendiendo.
Con el debido respeto (que no tengo muy claro cómo cuantificar, pero que no creo que alcanzara cifras absolutas ni relativas demasiado altas), lo único digno del artículo en última instancia es su título. Más que nada porque refleja perfectamente su contenido: una defensa de lo positivo que resulta que cada cual permanezca --con toda la rigidez del mundo, que para eso están las ideologías que nos proporcionan los dogmas necesarios para ello-- absolutamente firme en sus posiciones iniciales. Firme en el error.
Siempre me ha parecido que el apostolado de la pureza ideológica tiene mucho de fariseísmo. O, en el mejor de los casos, de absoluta simpleza. Nunca he visto demasiado claro eso de que la pertinacia, sobre todo en determinadas versiones de la misma, sea una virtud política. Por poner un caso: que Zapatero prometiera que el poder "no le cambiaría" me parece mal augurio. No, como a muchos, porque piense que es una promesa imposible de mantener, sino porque espero que lo sea. El poder, como cualquier otra experiencia, nos cambia. Debe hacerlo, de hecho. Lo contrario es pasar por la vida sin ver el paisaje. Sólo las orejeras pueden evitar que cambiemos.
Por lo demás, no sé quién es Ortiz (ni ningún otro) para exigirle a nadie explicaciones sobre la evolución (o involución, según los casos) de sus opiniones. Un intelectual, un articulista, un autor de columnas de opinión, no tiene como obligación a priori el dar explicaciones a nadie sobre por el hecho de que hace veinte años pensaba una cosa y ahora piensa la otra. Al menos no de entrada. En todo caso, podrá dar esas explicaciones --si lo considera oportuno-- si alguien se las solicita o si buenamente le apetece; pero si cada uno de nosotros tuviera que aclarar cada vez que defiende una determinada postura cuál era la que defendía hace tres décadas (o tres años o tres días) y por qué se ha producido el cambio de parecer, desplazaríamos el centro de atención del asunto sobre el que se opina a la persona del autor. Y, francamente, creo que son más importantes los asuntos sobre los que se opinan y los argumentos que se aportan.
A no ser, claro, que lo que nos guste sea arremeter contra los autores en lugar de contra sus razonamientos, emplear el consabido argumento ad hominem. Que, por otra parte, es el único argumento que parece contener el artículo de Ortiz (que se cuida muy mucho, por cierto, de opinar sobre el asunto: ¿es más cómodo y más fácil opinar de forma pretendidamente irónica y sutil sobre los que opinan?)
Empiezan a cansarme estos que por todo argumento tienen la teórica hipocresía del adversario. Déjeme usted en paz al adversario y dígame qué piensa y cómo lo respalda y por qué lleva razón usted y no él.
[Bien es cierto, no me resisto a decirlo, que en el caso de Ortiz, y habiendo leído bastantes otros artículos suyos, no me extraña que recurra a esto otro, dada la habitual "fuerza" de sus propios argumentos. Pero quién sabe: no descartamos que algún día evolucione. Aunque tal vez lo haya descartado él mismo de antemano.]

Un último apunte. Alcanzar la madurez requiere un proceso previo, el que la propia palabra indica: el de madurar. O mejor dicho: es un proceso, y seguramente no tenga fin; será más bien algo continuo. Madurar implica cambio, como lo implica cualquier desarrollo. Hablo ya desde un punto de vista meramente léxico; palabras como "madurez", "evolución", "desarrollo", "progreso" y tantas otras tienen algo en común: tienen como condición sine qua non el cambio y la predisposición al mismo.
La firmeza en el error es todo lo contrario: quedarse en la más absoluta puerilidad política e ideológica. O, dicho de otra forma, todo lo contrario a aquella mayoría de edad de la que hablaba Kant. Todo lo contrario a la Ilustración. Todo lo contrario a las luces.

sábado, 13 de octubre de 2007

Hasta la bandera

No le perdono a la derecha que se haya adueñado de la idea de España, ni a la izquierda que se lo haya permitido.

Arturo Pérez-Reverte

Ante tanta guerra de banderas, una no puede dejar de preguntarse cuánto tiene realmente de artificial el debate --por más que Zapatero diga que lo es-- y cuánto hay de verdades de fondo en lo que dicen unos y otros. Y de verdades a medias, claro. Y de mentiras descaradas.
Para alguien a quien las banderas no le importan demasiado, este tema parece sacado de quicio y de entrada habría que darles la razón a quienes dicen que todo esto es un invento del PP para arremeter contra el gobierno. Una excusa más. Pero ocurre que la reflexión pausada y sin prejuicios lleva a la mente por otros derroteros.
Dejando aparte la afición de cada cual a las banderas, agradecería que alguien me explicase por qué el gobierno de todos los españoles se resigna a dejar que no se cumplan las leyes (me refiero, claro está, a aquella maravillosa intervención de Bermejo) que exigen que la bandera nacional ondee con el resto en todos los ayuntamientos. Se pregunta una también por qué no se ven nunca banderas españolas en manifestaciones izquierdosas, mientras que es de lo más frecuente verlas de la Cuba dictatorial, de la ya extinta URSS --también muy democrática, como todos sabemos-- o de aquel régimen que se implantó en el solar patrio y que, buenas voluntades aparte, tuvo el dudoso buen gusto de ser patrimonializado por los primeros que en él ocuparon el poder --de algunos de los cuales, por cierto, también cabría dudar en lo que respectaba a su talante democrático--. Si es tan habitual que se porten todas estas enseñas en actos reivindicativos, determinada izquierda tendrá que dejar de alegar que es que no le gusta todo lo que implican las banderas. Habrá que pensar que lo que no le gusta es lo que implica la bandera española.
Y entonces volvemos a lo de siempre. El argumento peregrino de que es que "esa es la bandera de Franco" descalifica de entrada a quien lo usa, porque semejante incapacidad de abstracción --sí, son los mismos colores: ¿y qué?-- ante lo que no es más que un trozo de tela no dice demasiado en favor de nadie. Connotaciones sentimentales aparte --que las hay y son todo lo legítimas que es cualquier sentimiento, pero que no deberían estar en la base de actitudes políticas--, lo cierto es que la bandera constitucional representa al país y al conjunto de sus ciudadanos. Que optemos por no llevarla me parece muy respetable: de hecho, a mí difícilmente se me verá con una, porque no soy de las que andan reivindicando lo obvio. Salvo que un día me canse, claro. O que un día lo obvio deje de parecer tan obvio, como parece que ocurre en determinados círculos. Porque igual de respetable debería ser la opción de portar la bandera nacional; desde luego, lo que no se entiende es que en sí misma la enseña constituya un síntoma de ultraderechismo o de quién sabe qué terribles dolencias psíquicas, siempre según la misma gente que opina que son maravillosas algunas de las otras telas de colores ya mencionadas, a las que cabría sumar las ya cansinas senyera e ikurrina. (Nótese que mantengo la grafía de los idiomas respectivos, no vaya a ser que me acusen de fascista intransigente.)
La derecha se ha adueñado de la bandera, se dice. No deja de ser cierto, como lo es que Rajoy y sus compañeros de partido están aprovechando el tema para tener un reproche más que hacerle al gobierno. Pero he dicho que están aprovechando el tema, no que lo estén creando. Porque si es cierto lo anterior, no lo es menos que cierta izquierda parece tenerle alergia a la palabra España y a sus símbolos constitucionales, y que a juzgar no ya por la existencia o no de grandes gestos patrióticos (que son lo de menos), sino directamente por algunas de sus políticas concretas, el Partido Socialista Obrero Español quizá sea de todo menos Español (también es de risa aquello de que es Socialista y Obrero, pero bueno). O que al menos esto cabe opinar de quienes ahora mismo lo representan (sí, dicho sea de paso: creo que hay otro PSOE; lo que no sé es dónde está escondido). ¿Hasta qué punto es lícito quejarse de que la derecha ha patrimonializado los símbolos nacionales, si la izquierda los ha despreciado?
Lo malo es que la cosa no se queda en los símbolos. Los símbolos, al fin y al cabo, son lo de menos. Y conste --tal como andan las cosas, hay que dejar estas cosas claras-- que cuando hablo de España no me refiero a ese ente trascendental que una gran parte de la derecha identifica con el nombre (como una gran parte de la izquierda identifica otras banderas con otras nociones trascendentales: no tiene más sentido una cosa que la otra, ni es menos dañina). Cuando hablo de España me refiero a la nación de ciudadanos. Aquel invento de la Revolución Francesa. Aquello que en un pasado ni siquiera tan lejano era tan de izquierdas.
Qué tiempos aquellos.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Competencias estatutarias y atributos de la ley

Ibarretxe volvió a argumentar que no puede ser ilegal en Euskadi lo que es legal en Cataluña y Andalucía, en referencia a la competencia estatutaria de esas dos comunidades para celebrar consultas. Sin embargo, no respondió a la pregunta de cómo salvará el escollo que supone que el Estatuto vasco no contenga esa previsión. Se limitó a asegurar que la legalidad de la consulta que él convocará el 25 de octubre de 2008 "está perfectamente anclada", sin precisar dónde. "Querer es poder", dijo dos veces.
Cómo olvidan algunos, cuando dejan de convenir a sus intereses, las maravillas del Estado asimétrico.
Por otra parte, tampoco tendrá que preocuparse mucho por aquello de no tener ningún argumento legal (¿lo tiene acaso de otro tipo?) para sus aspiraciones. Ya sabemos que en España las leyes están para cumplirlas... a veces. Es uno de los más importantes atributos de la ley, al fin y al cabo. Sobre todo en el caso de las personas que ocupan puestos de responsabilidad en el aparato del Estado --del que, por cierto, forma parte también Ibarretxe--.
Habrá que ver si este pulso lo vamos a solucionar de nuevo con diálogo, de civilizaciones o de etnias definidas por el Rh. Hay que ver lo que nos gusta a los españoles y espanyoles una distendida charla.
Del sudoku presuntamente resuelto de Solbes mejor ni hablar, de momento.